17/11/09

Pro Cánibus


Si alguien me preguntara “¿Qué prefieres, perros o gatos?”, contestaría sin dudar: “Perros. Perros gordos, grandes y peludos, llenos de babas”. Creo que es una opinión bastante minoritaria. En muchas ocasiones, declarar que eres amante de los gatos se interpreta como un signo de clase, de cierta sofisticada personalidad: son elegantes, sensuales, independientes, y parecen mucho más inteligentes de lo que en realidad son. Mientras que los perros...bueno, los perros se tiran pedos, sueltan babas y corren detrás de los palos. Si te defines como un "amante de los perros", la gente tiende a pensar que eres una persona bienintencionada, algo silvestre y (a rasgos generales) un poco lela. No se porqué, pero es así.

No me malinterpreten, los felinos tienen su punto. Los gatos callejeros son como los pequeños predadores de la ciudad, y tengo la bizarra teoría de que si llegan a ser un poco más grandes, no tendrían ningún problema en darnos caza a todos. Y no sería una caza clemente, ni digna: a los gatos les gusta juguetear con sus presas (siempre pequeñas) antes de matarlas. Las cogen, las sueltan, las lanzan, las dejan correr para atraparlas después con un zarpazo indolente, y observan atentamente las controsiones de la criatura antes de metérsela en la boca... esa crueldad exquisita y casi cómica me pone los pelos de punta: su actitud es más digna de un cortesano del Antiguo Régimen que un bicho que no levanta un palmo del suelo y escupe bolas de su propio pelo.


sandman dream of a thousand casts dream country

Supongo que alguna vez habéis probado a sostener la mirada de un gato. Ojo, no estoy  hablando de esos queridos gatunos caseros que levantan el lomo cuando les acaricias, ronrronean cuando les rascas, y te piden que les abras la latita de whiskas. No me refiero a esos. Yo hablo de la mirada de un gato arrabalero, de callejón, de los que se agazapan en los rincones oscuros y sucios de las ciudades, con el cuerpo tenso como un muelle y la mirada fija de los peces. Al pasar te siguen sólo con los ojos, como aquellos míticos cuadros del Pasaje del Terror, y parece que están pensando “Por esta vez pase, pero me quedo con tu cara”. Luego me suelo sentir bastante idiota cuando me giro y les veo lamiéndose una patita con inocencia. No sé qué narices salta en mi subconsciente en esos momentos, de donde sale esa antigua y vaga sensación de peligro. Supongo que vendrá de tiempos oscuros, de cuando el hombre no era más que un animalito asustado frente a aquellos bestiales carnívoros prehistóricos, los archi-tatarabuelos de nuestras queridas mascotas.

Todo esto son puntos para el gato. Pero el perro, especialmente el grande y peludo (aunque me valen todos los formatos) consigue despertar en mí un impulso de protección, de cariño, hasta de fraternidad...  y eso es algo que, Dios lo sabe, no me ocurre con todo el mundo. Nuestra domesticación implacable nunca podrá acabar con ese ancestral instinto de manada que tienen los grandes cánidos, sin el cual hace siglos que se habrían extinguido. El calor de una manada equivale a la hoguera ante la que nos arrebujábamos los primeros hombres, cuando la noche hostil nos amontonaba unos contra otros. Eso es lo que éramos, ni más ni menos: una simple manada de humanos. Calidez. Protección. Supervivencia.

Si nos ponemos a sondear en las profundidades de nuestro atrofiado instinto (y lo hacemos de manera sincera, sin ideas preconcebidas), encontraremos que la idea de correr con la manada bajo la luz de la luna es extrañamente... atractiva. Somos gregarios, simplemente estamos diseñados para sobrevivir así. Supongo que alguien ya estará refunfuñando sobre el opresivo molde de sociedad y la lucha por la liberación del individuo, pero...¿quien narices está hablando aquí de sociedad? Yo hablo de "manada": de la tuya, de la gente con quien corres: amigos, familia, amantes, simpáticos conocidos. La diferencia es abismal.

Y además, si miras con la suficiente intensidad en los ojos de cualquier perro, sin duda encontrarás en ellos, muy al fondo, la chispa amarillenta del lobo.

Así que ya sabéis. Si me preguntáis, no me lo pensaré dos veces: Perros. Perros gordos, grandes y peludos, llenos de babas.

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