25/11/09

Trucos para escapar de una pesadilla


Os voy a dar un consejo de gratis: nunca os quedéis dormidos leyendo a Algernon Blackwood. No es sano. El maldito loco se te mete debajo de la piel y se cuela por todas las rendijas de tu cabeza hasta aterrizar en tus sueños. Recuerdo una noche de otoño en la que cometí la imprudencia de adormilarme mientras leía una de sus más célebres historias, "El Wendigo". La última frase que pude procesar antes de que los ojos se me cerraran como persianitas fue la siguiente: "Algunas pesadillas se presentan con terrible apariencia de realidad, pero a veces basta la inconsistencia de un simple, pequeño detalle para poner de manifiesto la incoherencia y falsedad de todo. En las profundidades de una mente dormida, algo permanece despierto, preparado para emitir su juicio: Todo esto no es real; cuando despiertes lo comprenderás”. No voy a ponerme a contar mi sueño, porque como todos sabemos los sueños tienen una curiosa cualidad: son fascinantes para el soñador y una auténtica paranoia para los oyentes. Así que os ahorraré detalles sobre la estrafalaria historia, sobre los cuervos y las tormentas de arena y todas las bizarrías que pasaron por mi mente dormida. Me limitaré  a contar cómo el tarado de Blackwood se coló en mi cabeza desprevenida y me ayudó a salir de un sueño más que penoso.

Algernon Henry Blackwood4  (1869 - 1951)


Escenario final, a grosso modo: Después de mil desventuras, entro en el salón de mi casa. Mi hermana se desliza, extraña y sinuosa, justo detrás de mí. Sin saber muy bien por qué, se me erizan los pelillos de la nuca, y un rojo chispazo de advertencia y peligro me recorre la espina dorsal hasta encontrar el estómago. En ese preciso momento, la voz cascada de Blackwood empieza a susurrarme al oído: “Tranquila. Recuerda que todo esto no es real. Busca el detalle y despiértate. Sal de aquí”. Así que me acerco a inspeccionar mi hermana. Tiene los ojos vidriosos, como los de un pescado muerto, y me mira con indiferencia y algo mucho más primitivo acechando en el fondo de sus pupilas: algo parecido al hambre. Algún viejo instinto me dice que lo mejor sería echar a correr. Y justo en ese momento pensé: "Este es el detalle irreal, esto es definitivamente lo que no encaja. Porque aunque a en el exterior se haya desencadenado una tormenta de arena y de fuego y los jardines de la urbanización estén llenos de muertos y los cuervos me miren desde todos los rincones de mi casa, lo más irreal, lo más absurdo, lo más imposible de todo es esa mirada. Mi hermana nunca me miraría así. Ésta (o mejor dicho, "esto") no es mi hermana. Por lo tanto, nada de lo que estoy viviendo es real.". El alivio fue estremecedor: eso quería decir podía escapar.  

El resto del sueño es difícil de explicar. Solo me acuerdo de cómo me tiré al suelo, dando patadas y gritando “¡Me voy a despertar y a voy a salir de aquí, aunque tenga que hacerlo yo misma!”, y cómo poco a poco mi cuerpo se dividía en dos, despegándose como una delicada calcamonía, y el frío parqué del salón de mi sueño se iba transformando en algo terso y blando (el colchón de mi propia cama), y yo pensaba “Voy por buen camino, estoy saliendo, no pierdas la concentración”, mientras oía  a los demás gritando: "¡¿Pero que hace, se ha vuelto loca?!", pero yo pensaba “Bah, no les hagas caso, no son reales, sigue peleando”, y así, finalmente, mi cuerpo fue chocando cada vez más contra el colchón hasta despertar, envuelta en sudor, sobre mi cama.


Mi habitación. Toneladas de libros, cuadros y pósters llenando cada milímetro de pared. Una vieja lámpara de luz amarillenta. El pañuelo de las fiestas de Algorta junto a un cuerno vikingo que le compré a unos suecos un día que iba bastante pedo. Y los peluches tirados por el suelo mirándome con reproche. Mi habitación, por fin. Abro la puerta y ahí, parada en medio del pasillo, me encuentro a mi madre. Una vaga sensación de inquietud pasa por mi cabeza, (¿Qué narices hace mi madre en mitad del pasillo a estas horas?), pero la ignoro y me abrazo a ella. “Shhh...” - dice - “Que vas a despertar a papá”.  Es todo tan consolador y tan familiar… le digo que he tenido una pesadilla horrible. Entonces mi madre me abraza y me susurra al oído, con voz tierna y siniestra, como de muñeca vieja: “¿Y tienes mucho MIEDO?”. Joder. Se me hiela la sangre en las venas, mis pupilas se contraen como cabezas de alfiler. Esa no es mi madre. Sigo dormida, joder, y un grito parece estallar en mi pecho mientras abrazo a esa señora siniestra, que tanto se parece a mi madre, en un pasillo que tanto se parece al mío, mientras la puerta de una habitación que tanto se parece a la mía se cierra de un portazo.

Lo último que recuerdo es que mi estómago se encogió como si estuviera cayendo desde un quinto piso, y que de repente mis manos se aferraron convulsamente a algo blando. Una almohada. Tanteo histéricamente con la mano en la oscuridad hasta encontrar el interruptor de la luz, y parpadeo con dolor cuando se enciende la bombilla. Me siento asustada y a la vez un poco imbécil, pero no hay nada más maravilloso que abrir los ojos (abrirlos de verdad) después de una pesadilla, y ver el montón de ropa que dejaste la noche anterior, los apuntes desordenados entre los que asoma misteriosamente un calcetín, y mi botecito de vasoconstrictor nasal rodando por el suelo.

Bueno, y esto es todo. Finalmente desperté en mi cuarto de verdad, con sus libros, sus pósters y cuadros, su lámpara, su pañuelo, su cuerno vikingo y sus peluches despreciados. Aún así, estuve por lo menos quince minutos con la luz encendida y los ojos muy abiertos, mirando todo con expresión de sabueso mosqueado, esperando oír en cualquier momento la tenue voz de Blackwood susurrándome “Busca el detalle, sal de aquí”. Gracias a dios, no la oí. No habría soportado volver a despertarme otra vez encerrada dentro del mismo sueño

Esta noche, a la hora de dormir, he dejado el libro de Blackwood sobre la balda y he cogido uno de Julio Verne, que cuenta las aventuras de un guapo y valeroso correo del zar de Rusia llamado Miguel Strogoff. 

Afortunadamente, no recuerdo lo que he soñado.

23/11/09

De cómo ganar algo de dinero con el Arte

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Hoy ha sido mi primer día como profesora de arte: treinta y cinco señoras mirándome con educado interés mientras yo peroraba sobre lo absolutamente increíble que es el Trecento italiano. Las diapositivas no se veían tan bien como quería y una señora medio momificada se ha quedado dormida en la fila de atrás, pero quitando eso, todo en orden. Estoy además orgullosa de anunciar que sólo he perdido de hilo una vez, cuando el móvil de lo que parecía ser una respetable abuelita ha empezado a tronar la sala con la música de Dj Pitbull (“rumba…ella quiere su rumba…”). Ha sido bastante desconcertante, pero la abuela no parecía avergonzada. Así que yo tampoco. 

En fin, ha resultado una forma honrada de ganar algunos euros.


21/11/09

A los cuidadores de la Historia

En el Mundodisco, la Historia (con mayúsculas) es un tema que se toma muy, pero que muy en serio. Todos y cada uno de los avances y retrocesos de la raza humana están estrictamente vigilados por unos pacíficos personajes llamados Monjes de la Historia, porque está claro que si dejaran estos asuntos en nuestras manos, no tardaríamos mucho en autodestruirnos los unos a los otros con alegría. Los monjes de la Historia viven en el típico monasterio perdido en las brumas de Cori Celesti, la inmensa montaña situada justo en el Eje del Mundodisco. Allí es donde se guardan los libros de Historia: cientos de volúmenes que incluyen todos los acontecimientos que han ocurrido y ocurrirán antes de que la raza humana se extinga definitivamente. Es sencillo: todo lo que aparece en los Libros pasará, y además pasará en el mismo orden. En nuestro caso, los capítulos tendrían títulos tan sugerentes como “Glaciación”, “Egipto”, “César Augusto”, “Renacimiento”, “Peste Negra”, “Felipe II”, “Ejército Rojo” o “Adolf Hitler”,  y cada capítulo tiene que ocurrir en el momento adecuado para que nada falle, para que las cosas pasen como tienen que pasar, a fin de que la Historia pueda seguir rodando tranquilamente sin aplastarnos.

A los cuidadores de la Historia

Las cosas simplemente ocurren, una detrás de otra. Les da igual quién se entere. Pero la Historia...Ah, la Historia es otra cosa. La Historia tiene que ser observada. De otra manera no sería Historia. En el fondo no es más que...bueno, cosas que ocurren una detrás de otra. Así que la Historia tiene sus cuidadores. Viven allá donde se guardan los libros de Historia.
No estamos hablando de libros normales, donde los acontecimientos del pasado son clavados como otras tantas mariposas en un corcho, sino de los libros de los que deriva la Historia. Hay más de veinte mil de ellos; cada uno mide tres metros de alto y está encuadernado en plomo, y las letras son tan pequeñas que tienen que ser leídas con lupa. Cuando la gente dice “Esta escrito que...”, está escrito aquí. En realidad no hay tantas metáforas circulando por ahí como cree la gente. Además, es peligroso estar entre esos libros. La mera concentratividad de la Historia, rezumando silenciosamente para llover sobre el mundo, puede llegar a ser abrumadora. El tiempo es una droga. En cantidades excesivas, mata.

Y por supuesto, la Historia tiene que ser controlada. De lo contrario podría acabar convirtiéndose en cualquier cosa. Porque la Historia, en contra de lo que afirman las teorías populares, es reyes y fechas y batallas. Y esas cosas tienen que ocurrir en el momento apropiado. Esto es difícil. En un universo caótico hay demasiadas cosas que pueden salir mal. Es ridículamente fácil que el caballo de un general pierda una herradura en el peor momento, que alguien no entienda bien una orden, o que el portador del mensaje vital sea asaltado por unos hombres con palos y problemas financieros. Y después están las historietas, esos brotes parasitarios que crecen sobre el tronco del gran árbol de la Historia, e intentan inclinarlo en algún sentido...

La Historia necesita a sus cuidadores.

TERRY PRATCHETT “Dioses Menores” Una novela del Mundodisco

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Dedicado a todos los estudiosos, profesores, investigadores, aficionados y frikis en general.

19/11/09

En blanco

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"Calíope" Jose Luis Muñoz

Que traicioneras son las palabras. Que enfermizamente difícil es trabajar con ellas. Que caprichosas, que volubles, que pérfidas. Son anárquicas e impredecibles, como hojas atrapadas en un remolino; confiar en ellas es una estupidez, y no hay nada que puedas hacer al respecto. Está en su naturaleza ser resbalosas como peces, sibilinas como culebras, esquivas como ciervas. “¿Tu que eres, de ciencias o de letras?”. De letras, me cago en todo. De letras, para mi suerte y mi desgracia.

Con los números se puede llegar a un acuerdo: si eres capaz de seguir como un sabueso sus mareantes curvas y contra-curvas, y afilar tu mente como un cuchillo de disección, no te pondrán pegas y se dejarán manejar. Los números son gente razonable, sólo piden un poco de orden. Pero las letras…las letras se reirán de ti hasta el final. No siguen ninguna pauta, no hay fórmula alguna que valga para atraparlas. A veces revolotean, saltan, brincan, asoman la cabeza, no se están quietas ni un segundo. Otras permanecen agazapadas en las esquinas más oscuras de tu mente, silenciosas y ceñudas como adolescentes. Todo depende de su capricho.

Muchos gurús del best-seller han descubierto la fórmula literaria del éxito: tantos ingredientes, tantas medidas, tantos pasos…e voilá, ahí tienes tu pastel. Sus libros tienen una pinta estupenda, tan relucientes en los escaparates de las tiendas que dan ganas de comprarlos sólo para tenerlos en la balda, pero al hincarles el diente se te llena el paladar del inconfundible y polvoriento regustillo del corcho. En realidad no es un asunto demasiado dramático: la mitad de lo que te encuentras en la sección de “Los más vendidos” tiene ese inconfundible tufo a receta literaria, y a nadie parece importarle. A la gente le gusta el sabor del corcho. También les gusta la cerveza sin alcohol, el tabaco sin nicotina, el café sin cafeína, la carne sin grasa, las melodías pegadizas…

En fin. Que no puedes forzar a las palabras. Que no las esperes. Que son inoportunas como una visita no deseada y tan traidoras como gatas de arrabal. “Las palabras no han venido, inténtelo de nuevo más tarde.” ¿Qué no es justo? Y a mí que me cuentas. La musa se ha ido a tomar algo, y es mejor que no la esperes despierto. 


17/11/09

¿Y por qué un Áuryn?

Hay mil motivos para hacerse un tatuaje. Hay quien se hace un tribal en la nuca para ser el más chulo del aparcamiento. Hay quien se planta el toro de Osborne en una teta para que asomen los cuernos por encima del sujetador (true story, lo juro). Hay quien se tatúa el anagrama de Tolkien y se cree que es una letra china que significa “bella flor”. Hay quien se dibuja el logo del Carrefour porque le parece lo más y hay quien se tatúa un enano con un hacha de dos metros. Hay gente que transmite algo con sus tatuajes y gente que le importa un pimiento lo que transmita con tal de que luzca resultón. Hay gente pa to.

Yo me voy a tatuar un Áuryn. A partir de aquí, he registrado dos reacciones habituales. Bueno, en realidad tres, pero las dos primeras se manifiestan con irritante insistencia:

Primera reacción: Estupefacción
-¿Un lo que?
-Un Áuryn...son dos serpientes entrelazadas que...
-¡Uala! ¿¿Te vas a tatuar el símbolo de los malos de Conan??
(Están entrelazadas, no enfrentadas. Al próximo que me susurre: “Zamooora” lo mato, de verdad).

Segunda reacción: Condescendencia
-¿Un lo que?
-Un Áuryn...dos serpientes entrelazadas que...
-Ah si, ya caigo, lo de la película esa. Muy bonita, sobre todo el perro volador.
(Y luego te miran como si fueras un poquito retrasada.)

La tercera reacción (un consuelo en mi dolor) suele ser una extraña mirada de complicidad, una sonrisilla de comprensión o un leve asentimiento de cabeza. Esa es la gente se ha leído el libro, y no hay más que añadir. Cada uno tiene sus motivos para sonreír, supongo, y cada cual entiende el Áuryn como quiere entenderlo.

En “La Historia Interminable” existen dos realidades: una es nuestro mundo, los cinco continentes y un buen pedazo de agua. Todo lo que allí ocurre está escrito en tinta roja como la sangre. La otra es el mundo de las creaciones de la mente humana, con todo lo que la imaginación de estos tristes monos es capaz de generar. Michael Ende llama a esa tierra Fantasía (si, quizás sea un nombre un poco tontorrón, pero oye... yo respeto a la gente que es capaz de llamar a un país “Fantasía” y quedarse tan ancho). En realidad se trata sencillamente del lugar donde viven todos los sueños y todas las creaciones de nuestra cabecita, desde el dibujo de un niño que garrapatea el super-monstuo volador, hasta la más sublime creación literaria. Absolutamente todo lo que alguna vez soñaste, pensaste, escribiste, dibujaste o imaginaste está ahí dentro, escrito con tinta verde aguamar. Ahora multiplica eso por todos y cada uno de los seres humanos que han habitado la tierra desde que nos bajamos de las ramas. Como puedes imaginar, Fantasía es una dimensión infinita, inabarcable.

Estos dos mundos, el interior y el exterior, están en contacto, y el Áuryn no es más que un portal, un camino. Puede cobrar distintas formas según la persona que lo mire: puede ser un libro, puede ser una partitura musical. Puede ser un paisaje, una vieja ruina o incluso una persona. En realidad, puede ser cualquier cosa, si la miras con los ojos adecuados. Los portales aparecen cuando te das cuenta de que un libro es mucho más que un montón de letras y una canción mucho más que una sucesión de notas. Es muy fácil reconocerlos: normalmente cuando estás frente a uno, sueles pensar que el mundo no es tan asquerosamente mediocre como creías.

“Hay muchas puertas para ir a Fantasía, muchacho”- decía el viejo señor Koreander, bibliotecario de profesión- “Y hay todavía más libros mágicos. Muchos no se dan cuenta. Todo depende de quién coge uno de esos libros”. Personalmente los libros son mi caballo de batalla, los que me mantienen con la curiosidad intacta, peroen realidad me vale casi cualquier cosa. La música, por ejemplo, es otro gran portal. Conozco a muchos amigos y compañeros de armas que se suicidarían si les privasen de ella, y eso les honra. La música es su Áuryn, su amuleto contra el tedio y la mediocridad. En realidad da igual que sean notas o letras... ambas demuestran que, contra todo pronóstico, somos algo más que monos espabilados.

Por eso me tatúo yo el portal de las serpientes: porque no quiero que se me olvide ese mundo detrás del mundo, escrito con tinta verde aguamar. Me voy a poner un maldito portal en la chepa, bien cerquita del cerebro y a menos de un palmo del corazón. Supongo que, si lo piensas bien, es una actitud algo frágil: me refiero a la necesidad de buscarse un refugio inexpugnable ante lo áspera y estúpida que puede ser a veces la realidad. Los escapistas somos así, necesitamos de esa imaginación verde y fértil igual que necesitamos respirar y comer. Pero bueno, se nos puede perdonar. Cada uno se defiende como puede, y esa es mi particular manera de no convertirme en un mojón en vida. Supongo que por eso me encabezono tanto por seguir siendo historiadora del arte y no vendedora de sofás: es una cuestión de pura supervivencia mental.

En resumen, que el Áuryn es más que una vía de escape: es el arte, la literatura, la historia y la música. Para mí, también es el horizonte marítimo extendiéndose en todas direcciones o el aroma húmedo y penetrante de la montaña. Es un paseo por un castillo derrumbado y tus pasos resonando en una vieja y oscura callejuela. Es un atardecer solitario en Arrigúnaga o una noche de tantas cerrando bares con mis amigos. Es todo aquello que me ayuda a protegerme de los créditos hipotecarios, de los atascos, del Tomate y Fama a Bailar, de Rajoy y ZP, de los titulares de los periódicos gratuitos y del tedio de vivir. Es cualquier cosa que me anime a aguantar y a seguir aguantando, a ser posible sin echar mucha mierda encima de los demás.

Pero un momento… Me estoy dando cuenta de que ya casi he terminado de escribir y no he puesto ningún frikismo de los míos. Que extraño. Quizá debería enrollarme con el antiguo mito (oriental, griego e incluso nórdico) del Uróboros, la serpiente que se muerde la cola (http://en.wikipedia.org/wiki/Ouroboros), que apareció registrado por primera vez en la Alejandría del sg. II y que desde entonces se ha repetido a lo largo de los siglos con el lema de “Hen to pan” ( Todo es uno”, materia y espíritu)... pero como diría Michael Ende, eso es otra historia que deberá ser contada en otra ocasión.


[Nota para aquellos que en su día leyeron y no entendieron la “La Historia Interminable”]

"-¿Pero qué son el mundo real y Fantasía? – preguntó la Emperatriz Infantil- 
¿Acaso es todo reflejo y contra  reflejo?
- ¿Y qué se ve en un espejo que se mira en otro espejo? –respondió el Viejo- 
¿Lo sabes tú, Señora de los Deseos, la de los Ojos Dorados?"

Muy bien, ahora coged un espejo mediano y colocadlo frente al espejo grande del baño. Después asomaos dentro, despacio, con cuidado. ¿Qué veis?]

Nanas de la cebolla

Ayer me pasé toda la noche en vela por un puto ataque de tos, con la garganta tan inflamada que creía que me ahogaba. Desesperada, me puse a buscar trucos caseros en el Google, y varias respetables matronas afirmaban que si agarras una cebolla, la haces cachitos y la pones en tu mesilla de noche, la tos remitirá y tendrás felices y dulces sueños. Estaba tan desquiciada que lo hice, joder, me puse a cortar cebolla a las 4:35 de la mañana. Misteriosamente, el truco funciona: la tos remitió, siendo sustituida por fuertes arcadas y mareos producidos por la atmósfera insalubre y apestosa de mi habitación.

A la mañana siguiente he agarrado la cebolla y, en un ataque de lucidez, la he tirado por la ventana sin contemplaciones: porque a veces no basta con tirar las cosas que odias a la basura, no... tienes que sentirlas VOLANDO lejos de ti. Espero que los vecinos no me vengan a pedir explicaciones por mi vandalismo gratuito, porque tendría que contarles lo de las señoras del Google, y todo se complicaría muchísimo.

Y esto, queridos lectores, es lo más apasionante que me ha ocurrido en el día 16 de noviembre, año 2009 del nuestro Señor.


Posdata: Acabo de volver de Urgencias. Diagnóstico: Faringo-amigdalitis aguda. Cinco días de reposo domiciliario. El medicamento que me han recetado sabe a purgante, tiene pinta de agua estancada, y en el prospecto pone que puede provocar somnolencia y falta de sueño (a la vez, dios que agobio), temblores, naúseas, dificultad para respirar, alucinaciones, convulsiones y sequedad de boca. 

Pero por lo menos no apesta.

Pro Cánibus


Si alguien me preguntara “¿Qué prefieres, perros o gatos?”, contestaría sin dudar: “Perros. Perros gordos, grandes y peludos, llenos de babas”. Creo que es una opinión bastante minoritaria. En muchas ocasiones, declarar que eres amante de los gatos se interpreta como un signo de clase, de cierta sofisticada personalidad: son elegantes, sensuales, independientes, y parecen mucho más inteligentes de lo que en realidad son. Mientras que los perros...bueno, los perros se tiran pedos, sueltan babas y corren detrás de los palos. Si te defines como un "amante de los perros", la gente tiende a pensar que eres una persona bienintencionada, algo silvestre y (a rasgos generales) un poco lela. No se porqué, pero es así.

No me malinterpreten, los felinos tienen su punto. Los gatos callejeros son como los pequeños predadores de la ciudad, y tengo la bizarra teoría de que si llegan a ser un poco más grandes, no tendrían ningún problema en darnos caza a todos. Y no sería una caza clemente, ni digna: a los gatos les gusta juguetear con sus presas (siempre pequeñas) antes de matarlas. Las cogen, las sueltan, las lanzan, las dejan correr para atraparlas después con un zarpazo indolente, y observan atentamente las controsiones de la criatura antes de metérsela en la boca... esa crueldad exquisita y casi cómica me pone los pelos de punta: su actitud es más digna de un cortesano del Antiguo Régimen que un bicho que no levanta un palmo del suelo y escupe bolas de su propio pelo.


sandman dream of a thousand casts dream country

Supongo que alguna vez habéis probado a sostener la mirada de un gato. Ojo, no estoy  hablando de esos queridos gatunos caseros que levantan el lomo cuando les acaricias, ronrronean cuando les rascas, y te piden que les abras la latita de whiskas. No me refiero a esos. Yo hablo de la mirada de un gato arrabalero, de callejón, de los que se agazapan en los rincones oscuros y sucios de las ciudades, con el cuerpo tenso como un muelle y la mirada fija de los peces. Al pasar te siguen sólo con los ojos, como aquellos míticos cuadros del Pasaje del Terror, y parece que están pensando “Por esta vez pase, pero me quedo con tu cara”. Luego me suelo sentir bastante idiota cuando me giro y les veo lamiéndose una patita con inocencia. No sé qué narices salta en mi subconsciente en esos momentos, de donde sale esa antigua y vaga sensación de peligro. Supongo que vendrá de tiempos oscuros, de cuando el hombre no era más que un animalito asustado frente a aquellos bestiales carnívoros prehistóricos, los archi-tatarabuelos de nuestras queridas mascotas.

Todo esto son puntos para el gato. Pero el perro, especialmente el grande y peludo (aunque me valen todos los formatos) consigue despertar en mí un impulso de protección, de cariño, hasta de fraternidad...  y eso es algo que, Dios lo sabe, no me ocurre con todo el mundo. Nuestra domesticación implacable nunca podrá acabar con ese ancestral instinto de manada que tienen los grandes cánidos, sin el cual hace siglos que se habrían extinguido. El calor de una manada equivale a la hoguera ante la que nos arrebujábamos los primeros hombres, cuando la noche hostil nos amontonaba unos contra otros. Eso es lo que éramos, ni más ni menos: una simple manada de humanos. Calidez. Protección. Supervivencia.

Si nos ponemos a sondear en las profundidades de nuestro atrofiado instinto (y lo hacemos de manera sincera, sin ideas preconcebidas), encontraremos que la idea de correr con la manada bajo la luz de la luna es extrañamente... atractiva. Somos gregarios, simplemente estamos diseñados para sobrevivir así. Supongo que alguien ya estará refunfuñando sobre el opresivo molde de sociedad y la lucha por la liberación del individuo, pero...¿quien narices está hablando aquí de sociedad? Yo hablo de "manada": de la tuya, de la gente con quien corres: amigos, familia, amantes, simpáticos conocidos. La diferencia es abismal.

Y además, si miras con la suficiente intensidad en los ojos de cualquier perro, sin duda encontrarás en ellos, muy al fondo, la chispa amarillenta del lobo.

Así que ya sabéis. Si me preguntáis, no me lo pensaré dos veces: Perros. Perros gordos, grandes y peludos, llenos de babas.