23/3/15

He aquí que veo a mi padre...


Se dice que los vikingos no le tenían miedo a la muerte. Meeentira. Los vikingos temían a la muerte, como cualquier hijo de vecino. A lo que no temían, digamos, era al "proceso" de morirse: a que les arrearan un mandoble en toda la jeta, o que les destrozaran la espalda con un hacha arrojadiza. Eso eran gajes del oficio. Sin embargo los problemas empezaban una vez recibido el sartenazo, la fiebre mortal o la simple vejez. Porque para los nórdicos no todo era Valhalla y entrechocar de cuernos: muchos muertos podían volver a la tierra, simplemente porque sus funerales no habían sido correctos o porque las ofrendas habían sido insuficientes. Y como siempre es mejor prevenir que curar, convirtieron su rito funerario en una de las ceremonias más impactantes de la Alta Edad Media: el pedazo jefe vikingo navegando entre las llamas de su barco, rumbo hacia la eternidad. Este tipo de ceremonial requería de mucha pasta y por lo tanto era sólo asequible para el jefe, el rico y el noble.... no para el desgraciado que se pasaba la vida plantando nabos a la orilla del Báltico. Que era la mayoría. 

Los ritos funerarios eran pues un elemento clave para evitar apariciones de difuntos tipo Walking Death, y los vikingos se lo tomaban muy, muy en serio. A cada persona se le enterraba según su estatus social: el noble en un fastuoso barco lleno de ofrendas, el guerrero con sus armas, el artesano con sus herramientas,  la mujer con sus joyas, y el pobre con... bueno, consigo mismo. Inlcuso los esclavos recibían enterramiento (un agujero en el suelo) para evitar que volvieran a chinchar a sus amos. Estos muertos están muy vivos.

Una vez realizado correctamente el ritual, cada uno iba al lugar que le correspondía. Si habías muerto en batalla con honores, tu sitio estaba en el Valhalla, donde Odín te daba la bienvenida, las valkirias te ponían copas y te pasabas el día pegándote con los otros inquilinos mientras esperáis la llegada del Ragnarok. Planazo. 

Sin embargo no todos los muertos en combate iban al Valhalla (Imagínate la rave), sólo aquellos elegidos personalmente por Odín. Los demás viajaban hasta Folkvang, los salones de la diosa Freya, que tampoco estaban nada mal. Aquí también iban las mujeres que habían tenido una muerte noble. ¡Viva el Folkvang! Seguro que era mucho más divertido que el Valhalla.

Si habías muerto en batalla pero eras un hijo de puta malvado, tu sitio tampoco estaba en el Valhalla: ibas a Helheim, al Inframundo, a morirte del asco. De hecho, tenían un lugar  reservado para tí, el Nastrand o Playa de Cadáveres, un sitio muy bonito como os podéis imaginar. Por otro lado, los guerreros que morían de viejos o de enfermedad también iban al Helheim. ¿Por qué? Ni idea. Porque si, porque así semos los vikingos. Vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver.

Finalmente, y esto es un dato interesante y desconocido, no sólo se premiaba la excelencia en el combate sino también ser una persona normal y corriente. Cientos y miles de campesinos eran recibidos nada menos que por Thor, el más querido y popular de los dioses nórdicos. Papá Thor acogía a estas gentes en unos salones llamados Bliskimir, donde cabía todo el mundo ya que contaba con 520 habitaciones.



Pues en éstas estábamos cuando, allá por el año 921, un pobre diplomático llamado Ahmad ibn Fadlān ibn al-Abbās ibn Rašīd ibn Hammād (Ahmad hijo de Fadlān, hijo de al-Abbās, hijo de etc etc etc…) fue enviado desde la calurosa Bagdag a las frías tierras de Bulgaria, con un mensaje del califa Al-Muqtadir para el rey Almiç. Lamentablemente el mensaje nunca llegó a Bulgaria, porque la embajada del pobre Ahmad tuvo la mala suerte de ser interceptada por un grupo de vikingos, los llamadosrus”, que consideraron que el el tipo del turbante era un cachondo, y decidieron llevárselo con ellos en plan mascota del equipo, a hacer sus cosas de "rus" (supongo que saquear y luego comerciar con lo saqueado, por aquello de mantener la riqueza en movimiento y tal). El desgraciado de Ahmad, pensando en el paquete que le iba a caer cuando regresara a Bagdag (si es que regresaba) empezó a escribir un documento exculpatorio en el que narraba su secuestro y estancia con los “rusiyyah”. El texto es uno de los retratos más antiguos del pueblo vikingo, y ha dado la vuelta al mundo con el nombre de “Kitab ilà Malik al-Saqa´liba”, que podría ser traducido como “Por que me pasan a mi éstas cosas”.


El Kitab es un iteresante testimonio de primera mano en el que se describe a los vikingos como unos seres “altos como palmeras”, de rubios cabellos y grandes brazos, tatuados “desde el cuello hasta las uñas”. Ibn Fadlan, que debía ser más bien achaparrado, dice que sus cuerpos eran perfectos, y sus rostros de marcados pómulos, fieros y rubicundos. Por otra parte, también dice que eran unos cerdos vulgares y sucios, que no se lavaban y que comían como los animales. ¡Pero bueno, nadie es perfecto! Hay que tener en cuenta que la cultura árabe fue una de las más avanzadas y sofisticadas de la Edad Media, y que sus hábitos de limpieza superaban con creces a los de cualquier "europeo". Cuando en el norte de España andábamos vestidos con pieles y tirándonos piedras unos a otros, los árabes del sur se entretenían con la poesía, los baños calientes y la medición matemática y astronómica.... cosas de infieles, vaya. ¡La de vueltas que da la Historia, madre mía! Ahora son los suecos los reyes del mambo europeo, con sus Ikeas y sus empresas de alto rendimiento y sus ciudades ecológicas, uno de los países más ricos y florecientes del mundo, mientras que los árabes... en fin, la rueda de la Historia gira y no sabemos hacia dónde se dirige. El caso es que después de despotricar un buen rato sobre los rubios, Ahmad pasa a contarnos con gran lujo de detalles el funeral de un jefe muerto durante la expedición, un tipo escandinavo, posiblemente sueco.  Y esto es más o menos lo que ocurrió:

Lo primero es lo primero: el muerto tiene que estar guapo. Por lo tanto, se le entierra en una tumba temporal durante diez días, el tiempo necesario para cortar y coser suntuosas ropas funerarias

Lo segundo son las mujeres: una de sus esclavas tiene que ofrecerse “voluntaria” para acompañarle al Otro Mundo, a la manera del sati indio, cuando las viudas se arrojaban a la pira detrás de su marido. Sin embargo la esclava vikinga se lo montaba en plan festivalero: esos diez días los pasaba absolutamente pedo, cantando y rodeada por sus amigos. 



Lo tercero son las ofrendas: cogían un drakkar y lo arrastraban hasta la orilla. Del romanticismo decimonónico hemos heredado la idea de que, una vez prendido fuego, el barco se deslizaba sobre las aguas hasta que las llamas desaparecían en el horizonte. Craso error: aunque podría darse el caso, lo más habitual era quemarlo en tierra firme, y luego enterrarlo todo. O incluso en ocasiones no quemaban nada, con lo cual el asunto perdía bastante drama. Dependiendo del rango del muerto, podría ser una estructura impresionante como el barco de Oseberg , un drakkar mediano o snekker, un bote, o incluo un túmulo de piedras en forma de barco. La cosa era asociar la muerte con un vieje, y por supuesto un buen vikingo siempe viaja en barco. Luego depositan en su interior al cadáver, sobre una cama, rodeado de bebidas alcohólicas, frutas, armas y ofrendas variadas. Todo este bonito decorado lo estropeaban arrojando trozos de caballo descuartizado (ese viking touch, qué maravilla de diseño nórdico...), a los que previamente se les había hecho correr hasta que el sudor empapara sus flancos. 

A todo esto la esclava seguía más pedo que Alfredo, y tenía que ir de tienda en tienda encamándose con los amigos y parientes cercanos del jefe muerto. Después del acto, cada uno de ellos la despedía con la frase ritual: “Dile a tu amo que esto lo hice por amor a él”. Con dos cojones y un palito: se nos ocurre hacer eso en España y el difunto vuelve y nos mete dos ostias bien dadas. Sin embargo, en la cultura nórdica los ritos sexuales demuestran que la mujer era considerada una especie de recipiente para la transmisión de energía vital al jefe difunto. Es decir, se la tira el amigo, pero en realidad es cómo si se la tirara el jefe. Esto me recuerda a aquel grandioso capítulo de Padre de Familia que dice: 

-  Peter, ¿cómo te sientes al saber que tu mujer se ha tirado a los Kiss?
-  Puessss...¡cómo si me los hubiera tirado yo mismo!

Luego viene mi parte preferida, que tan bien se refleja en la película de John McTiernan: cogían a la chica y la subían a algo que parecía el marco de una puerta. Ella se sentaba en el dintel y varios hombres levantaban las dos jambas, elevándola tres veces. Cada vez que la levantaban, ella tenía diferentes visiones. La primera vez veía a su padre y su madre. La segunda, a todos sus parientes y antepasados. Y la tercera, a su amo, que la llamaba para que se reuniera con él. De este fragmento se extrae la célebre oración fúnebre que tal bien le sale a Vladimir Kulich en la escena final de “El guerrero nº 13”:

Lo there do I see my father
Lo there do I see my mother,
And my sisters and my brothers
Lo there do I see the line of my people
back to the beggining.
Lo, they do calle to me
They bid me take my place among them
In the halls of Valhalla
Where the brave may live forever.

Dicen que las dos últimas frases están adaptadas al dramatismo de la escena final: lo que la muchacha decía realmente, según Ahmad, era que allí todo era verde y hermoso (los nórdicos debían estar hasta los cojones de la escarcha), que estaba lleno de hombres y chicos jóvenes, y que quería ir allí. Nos ha jodido.



La última fase del ritual es…bueno, os lo podéis imaginar. No es precisamente un final de Disney. La chica se quitaba los brazaletes y todas las joyas, se tomaba el último copazo, se despedía de sus amigos, y entraba en el barco. Dice Ahmed que seis hombres la acompañaban, los más cercanos al muerto, y con ellos echaba los seis últimos polvos de su vida. “Dile a tu amo que esto lo hice por amor a él”, y todo eso. Fuera, los guerreros empezaban a golpear con fuerza sus escudos, por si acaso a la desgraciada se le ocurría ponerse a gritar. Dentro del barco, los seis acompañante la tendían junto al muerto, dos de ellos la agarraban de las muñecas, y otros dos de los tobillos. En ese momento aparecía el Ángel de la Muerte, que pese a tan sugestivo nombre no era más que una especie de sacerdotisa o chamán (siempre me las imagino ancianas y siniestras) y ponía una cuerda alrededor del cuello de la esclava. Y mientras los dos hombres restantes apretaban de la cuerda, el ángel hundía un cuchillo en el pecho de la chica. Fin de la ceremonia. 

Para cerrar el funeral, aparecía el miembro más joven de la dinastía, absolutamente en pelotas. Con una mano se tapaba el culo (el simbolismo se me escapa…) mientras que en la otra llevaba una antorcha encendida, con la que prendía fuego al barco. No conozco los materiales inflamables que se utilizaban, pero debía ser un petardazo guapo, ya que las llamas alcanzaban una temperatura de 1400º, mucho más alta que en un crematorio moderno, y por eso los arqueólogos se tiran de los pelos, ya que nunca han encontrado más que algunos huesos y fragmentos de metal.  Se dice que el fuego facilitaba el viaje el reino de la muerte, así que con semejante pira seguro que llegaban al Valhalla (o a donde fuera) pero escopetaos.
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Al final el bueno de Ahmad ibn Fadlān ibn al-Abbās ibn Rašīd ibn Hammād consiguió, no se sabe cómo, volver a su Bagdag natal. Durante la recepción oficial, el califa Al-Muqtadir le preguntó al diplomático por el éxito de la misión, a lo que Ahmad contestó  “Ehem, pues no te lo vas a creer…” Si alguien encuentra, perdido por cualquier biblioteca, el Kitāb ilà Malik al-Saqāliba, ruego me lo haga saber.