1/4/15

Narcosis, el hechizo de las profundidades

"BARRACUDA" David Doubliet

De todos los trastornos que puede sufrir un buceador (que son muchos y deliciosamente variados) la narcosis o "borrachera de las profundidades" es sin duda uno de las más extraños: se trata de una intoxicación por exceso de nitrógeno en el organismo, y su síntomas son muy parecidos a los de una borrachera de copazos. A 10 metros bajo el agua sus efectos son imperceptibles, alrrededor de los 30 metros el organismo empieza a acusar sus primeros indicios, y a más de 70.... en fin, ya son ganas liarla. Cada cuerpo es un mundo y cada persona reacciona a la narcosis de diferente manera, pero un cuadro sintomático general podría ser el siguiente:

10 - 30 m. Leve deterioro en el desempeño de tareas (El manómetro tiene que estar por aquí, colgando de alguna parte...), leve deterioro del razonamiento (¿Me se habrá caído?), y puede presentarse euforia leve (Joder este pez es el mejor putopez que he visto en mi vida).

30 - 50 m. Retraso en la respuesta a estímulos visuales y auditivos: (...¿qué?), alteración del razonamiento y de la memoria inmediata (¡Mira, un cangrejo! ¡Mira, un cangrejo! Por cierto, ¿has visto ese cangrejo?), ideas fijas (De aquí no me muevo hasta que salga ese pulpo de la grieta), errores de cálculo y alteración en la capacidad de toma de decisiones (Estoy en reserva... venga, pues una vueltecilla más y me subo), exceso de confianza y del sentido de bienestar (Soy la sirenita Ariel y este es mi reino, lalalaaa...), risa y locuacidad injustificada que pueden sobrellevarse mediante auto-control (¡Me parto el ojete con esta roca!) e incluso episodios de ansiedad, más común en aguas frías y turbias (Tengo frío y no veo. Sacadme de aquí.)

50 - 70 m. Los síntomas se intensifican: somnolencia, deterioro del juicio, confusión (Tengo señito, nena a dormir...¿dónde está mi almohada?), alucinaciones (Que chula esa ballena tricolor con tenazas de langosta), retraso severo en la respuesta a señales, instrucciones y otros estímulos (cri-cri...cri-cri...), mareos ocasionales (Dicen que es muy fácil vomitar con el regulador puesto. Comprobémoslo), risa descontrolada, histeria (Jajajjajjajajaaa, está reputa roca es lo más gracioso que he visto enmividaaaaaAAARGH!!!!!!), estados maníacos o depresivos (Igual debajo de mí está pasando un horrible monstruo marino) y sensación de terror (Voy a ser devorado por un horrible monstruo marino). 

+90 m. Bueno chavales, a partir de esta profundidad se acaban las bromas. Estupor, sensación de levitación, aumento de la intensidad de la visión y la audición, alucinaciones fuertes, alteración de la percepción del tiempo, sensación de apagón inminente, cambios en la apariencia facial, pérdida del conocimiento... y muerte.

PLACAS CONMEMORATIVAS EN EL BLUE HOLE, DAHAB
La narcosis no es letal por si misma si se detecta a tiempo: sólo es necesario ascender a la zona de seguridad para que sus efectos vayan desvaneciéndose sin dejar secuela. La gran mayoría de los casos de narcosis no pasan de ser meras anécdotas: descacharrantes algunas, espeluznantes otras, inofensivas las que más. Pero cuando pasas la frontera de los 60-70 metros...son palabras mayores.

¿Sabes lo que tienes que hacer para encontrarte con una sirena? Bajas al fondo del mar, donde el agua ya ni siquiera es azul y el cielo es sólo un recuerdo. Flotas allí en el silencio, y te quedas allí. Y decides que morirás por ellas. Sólo entonces empiezan a salir. Vienen y te saludan , y miden el amor que sientes por ellas. Si es sincero, si es puro, se quedarán contigo, y te llevarán con ellas para siempre 
Jaques Mayol

He bajado bastante rápido y noto como el perro de la narcosis me está mordiendo...la náusea me invade...me siento incómodo...intento nadar y lo hago dentro de una masa gelatinosa....el aire es espeso y cuesta un poco respirar...alguien está tocando una campana...¿porqué tañen una campana? Debo concentrarme...Me llamo Ramon y vivo en Girona...estoy aqui para hacer algo...otra vez tocan la campana...debe ser una señal...¿de qué?...otra vez, "ganang-ganang-ganang"...quizas es un aviso...¿de qué?...no puede ser; no hay campanas en el fondo del mar...aunque, ¿podría haber un pecio cerca y la corriente agitase la campana del puente?...Piensa, Ramon, piensa...Joder que sueño tengo...me gustaría cerrar los ojos, aunque fuese solamente por un momento...NO! No debes hacerlo! Estoy narcótico, eso es! Pero aun por un momento... pero la maldita campana no me deja...tengo la boca llena de monedas de cobre...el aire es metálico...¿por qué le he puesto cobre?... se que tengo que hacer algo, pero no recuerdo que...en la mano derecha tengo un regulador..¿qué coño hago con el regulador en la mano? intento ponérmelo en la boca pero noto que ya tengo uno...claro, si estoy respirando...me toco la cabeza y noto algo sobre la oreja...algo se ha pegado a mi oreja...intento arrancármelo con la mano izquierda, ya que en la derecha tengo PEGADO un regulador...al hacerlo me arranco la máscara...al intentar ponérmela por acto reflejo el regulador que sigue pegado a mi mano derecha me molesta..me saco el de la boca y me meto el otro..¡joder que aire más frío!(...) 
Ramón Verdaguer

Los síntomas iniciáticos de la narcosis son discretos y difíciles de percibir. Te distraes... te cuesta concentrate... no entiendes bien las señales del manómetro o del ordenador.... empiezas a pensar "estoy idiota o qué", y lo más divertido de todo: de tanto rodearte de peces, al final éstos te acaban contagiando su legendaria "memoria de pez". Las pérdidas de memoria suelen arrojar anécdotas curiosas, como la del chaval que bajó a un pecio en Cabo de Palos llamado "Naranjito". La inmersión se desarrolló sin contratiempos, pero la sorpresa le esperaba en tierra: cuando se juntaron en el bar a ver las fotos de la excursión descubrió unas cuantas imágenes suyas posando garbosamente junto a la hélice del Naranjito... lo cual no tendría nada de particular, de no ser porque el chaval no se acordaba en-ab-so-lu-to de haber estado ahi, ni de haber visto nada parecido durante la inmersión. "¿Hélice? ¿Qué hélice? ¡No me jodas que había una hélice! Vamos a ver... ¿estáis seguros de que ese de la foto soy yo? No me acuerdo de nada....". Narcótico perdido, el tío.

¿HÉLICE? ¿QUÉ HÉLICE?
Y hasta aquí los preliminares. 

El primer y más sutil efecto de un buen golpetazo de narcosis es, como dice el psicólogo submarino Antonio Bermejo, un sentimiento de relajación física y mental muy intenso. Es la comunión con el Gran Azul, una sensación embriagadora y muy difícil de describir. Muchos buzos niegan que ésto sea un efecto de la narcosis, pero lo cierto es que llevas un globo de puta madre y perdón por la expresión. En semejante estado de éxtasis nos volvemos criaturas absurdamente peligrosas para nosotros mismos... ¿ejemplo? Muchos buceadores se sienten poco más que inmortales, aqua-mans, sirenitos... y acaban por deshacerse de todo su equipo al considerarlo innecesario. Normalmente a éstos se les puede parar a tiempo. Otros han llegado a creerse criaturas con branquias capaces de respirar bajo el agua, y han soltado sus reguladores e inhalado con decisión... y funestas consecuencias, claro. Y finalmente tenemos el caso de algunos buzos que, hipnotizados por la inmensidad del horizonte submarino, se separan del grupo y hay que ir a buscarlos porque si no pueden acabar en Pernambuco. Y es que la vida es así: a veces es necesario cortarle el rollo a la gente y decirle "No, no eres un sireno. Eres un mamífero borracho y terrestre con 50 bares de aire en tu botella, y te voy a sacar de los pelos por mucho que quieras quedarte aquí a jugar con tus amigos los crustáceos". Y punto.

El segundo efecto, las reacciones fóbicas, es el extremo opuesto al anterior: oscuridad, miedo, ansiedad y, paradójicamente, claustrofobia generada por la presencia envolvente del azul. En muchos casos se trata de miedos personales que llevamos enterrados dentro, y que se disparan en momentos de inquietud o estress: si de pequeño dormías con una lucecita en el pasillo, empezarás a notar la oscuridad del mar abriéndose bajo tus pies. Si te repelen las medusas, ya será mala suerte encontrarte con una especialmente grande bajo los efectos de la borrachera de las profundidades. La presencia de animales salvajes o la inquietante sensación de su cercanía hace que te pases toda la inmersión con la banda sonora de "Tiburón" retumbando por los recovecos de tu narcotizada cabecita. Muy desagradable.


TRANQUILOS, EL MEGALODON YA NO EXISTE... ¿O SI?
Las reacciones fóbicas pueden ir acompañadas también de reacciones depresivas relacionadas casi siempre con el concepto de abismo: es oscuro, es desconocido, es tan inmensamente grande que nos cuesta hasta imaginarlo. A cualquier humano ésto tiene que afectarle, necesariamente. Citando otra vez a Bermejo, la reacción fóbica se manifiesta con tres fantasías muy recurrentes: la primera, una sensación de hundirse en la nada, en la boca negra y bostezante del piélago. La segunda, el temor por la aparición de una "bestia" de las profundidades, cuya presencia se intuye o "palpita" en lo hondo. Y la tercera, más común y menos dramática, una repentina preocupación por los seres queridos que muchas veces acaba desembocando en llanto, como en las clásicas borracheras terrestres. 

Y finalmente llegamos a la guinda del pastel, mi parte favorita y posiblemente la más espectacular de todas las reacciones: las ilusorias. Alucinaciones, visiones, espejismos, auditivos, visuales o las dos cosas a la vez y en technicolor.... las anécdotas de este tipo de reacciones pueden llenar un archivador entero y nadie te podrá decir nunca donde está la frontera que separa el mito narcótico de la realidad. Antaño, los antiguos submarinistas bajaban a grandes profundidades con una mezcla tradicional de aire y oxígeno, lo que les producía unas borracheras legendarias. Hoy en día contamos con avances como el nitrox o el trimix, que nos evitan en gran medida este tipo de intoxicaciones y viajes siderales, empujando a las viejas historias dentro del baúl de la leyenda urbana... ¿Ejemplos? ¡Un par, por favor! 

Un fotosub va por el fondo, patxín-patxín, y de repente ve a una langosta bien gorda y hermosa moviéndose y bailoteando sobre la arena. Es tan divertida que le hace un vídeo de varios minutos de metraje. ¡Ya verás cuando se lo enseñe al resto del grupo!, pensaba el tío... y efectivamente, el resto del grupo flipó: en el vídeo no se veía más que un fondo de arena, y ni rastro de la langosta bailonga. Otro chico se vio gratamente sorprendido cuando descubrió que su compañero de buceo era él mismo. Supongo que se dieron el OK y tan contentos.

OK BRODER
Y ya va siendo la hora de cerrar este alucinógeno post con la historia de narcosis más bonita que me hayan contado jamás, y que además ocurrió en las aguas que me han visto crecer: el Mediterráneo que baña la costa de Cabo de Palos, en la bella Cartagena. ¿Cuánto hay de verdad en esta historia? Ni lo sé, ni me importa. 

La costa de la reserva marina de Cabo de Palos e Islas Hormigas es rica en naufragios: una medialuna de bajos mortales, algunos de ellos a tres metros escasos de la superficie, se encargaba de rajar la barriga a todos los barcos que se aventuraran a cortar tan peligrosa línea: Naranjito, Stanfield, Candelero, Carbonero, Doris, Atlantic City, USS Willmore, Maria Dolores, Alavi, North America, Minerva... y el más célebre de todos, el Titanic español: SS Sirio (1883), un trasatlántico italiano de 5.000 toneladas de acero en el que perdieron la vida entre 200 y 500 personas, según el baile de cifras. No es un pecio accesible, ni fácil: la popa se encuentra a unos 40 metros de profundidad, mientras que la proa está a nada menos que 70 metros, en el reino de lo que Verdager llama "los perros de la narcosis".

SS SIRIO

Dos buceadores ampliamente cualificados bajan a la proa del SS Sirio: uno de ellos se mantiene en la zona de seguridad, como guardián de su compañero, mientras el otro desciende hasta la destrozada cubierta del barco. Entre los escombros invadidos de gorgonias rojas sobresalen los restos de una estructura: la antigua tarima donde la banda de música amenizaba las suaves noches de verano al ritmo de valses, polkas y animados reels. El buceador recoge uno de los pedazos de madera sueltos, una bella barandilla decorada con notas musicales en bajorelieve. El trabajo es de una delicadeza exquisita. Mientras lo contempla y lo gira entre sus manos enguantadas, comienza a oir en sordina unos acordes ahogados, que poco a poco se van perfilando como una melodía. La música parece sonar en la antigua tarima de orquesta: viene de todas partes y de ninguna, como todos los sonidos bajo el mar, y envuelve a navío y buceador en el mismo hechizo. Los perros de la narcosis andan sueltos a 70 metros de profundidad sobre un barco-cementerio, y ya no hay quien los pare.

LA APNEÍSTA NATALIE AVSENNKO. CUEVA ORDA. MONTES URALES
Es en ese escenario nostálgico, bellísimo y delirantemente peligroso en el que se aparece la chica: al principio no es más que una mancha azul cobalto sobre el cobalto del mar, pero poco a poco va cobrando relieve como una pieza de seda ante los ojos del buceador. La chica es guapa y triste, como las muchachas de los daguerrotipos, y lleva un vestido azul que ondea con las corrientes. El nitrógeno corre como una cascada por la sangre del buceador, y en consecuencia hace lo más sensato que se puede hacer cuando una chica bonita, vestida de largo, se detiene frente a tí en la cubierta de un barco hundido mientras suena la música... pues bailar con ella. Una mano enguantada en neopreno sobre una mano de blancura abisal, enlazados por la cintura, comienzan a girar por la cubierta del Sirio al ritmo de una música cada vez más nítida. Vueltas y más vueltas, rodeados por una espiral de burbujas, se abrazan hasta que llega un punto en el que la chica se detiene bruscamente: de repente, ya no quiere bailar más... ¿la habrá ofendido, se habrá sobrepasado? Desde luego, no era su intención. Ella intenta soltarse del tosco abrazo del buzo. Forcejean y en el forcejeo, la cara de la muchacha se transforma a una velocidad de vértigo: en cuestión de segundos aparecen en su delicado rostro una máscara de buceo, un regulador, una barba poblada y a su alrrededor el aura de la cabellera desaparece para dar paso a una capucha de neopreno. Es su compañero, el guardián en la zona de seguridad, agitándolo con fuerza en un desesperado intento de soltar de los engarfiados dedos del intoxicado un trozo de madera tallado con notas musicales.

El hechizo se rompió finalmente y los dos experimentados buceadores pueden ahora contar su historia por los bares de Cartagena y Cabo de Palos... mientras, en lo más profundo, la chica del vestido azul sigue esperando, sobre la cubierta del malhadado Sirio, que baje otra pareja de baile.


Cartagena, 27 de mayo del 2013

23/3/15

He aquí que veo a mi padre...


Se dice que los vikingos no le tenían miedo a la muerte. Meeentira. Los vikingos temían a la muerte, como cualquier hijo de vecino. A lo que no temían, digamos, era al "proceso" de morirse: a que les arrearan un mandoble en toda la jeta, o que les destrozaran la espalda con un hacha arrojadiza. Eso eran gajes del oficio. Sin embargo los problemas empezaban una vez recibido el sartenazo, la fiebre mortal o la simple vejez. Porque para los nórdicos no todo era Valhalla y entrechocar de cuernos: muchos muertos podían volver a la tierra, simplemente porque sus funerales no habían sido correctos o porque las ofrendas habían sido insuficientes. Y como siempre es mejor prevenir que curar, convirtieron su rito funerario en una de las ceremonias más impactantes de la Alta Edad Media: el pedazo jefe vikingo navegando entre las llamas de su barco, rumbo hacia la eternidad. Este tipo de ceremonial requería de mucha pasta y por lo tanto era sólo asequible para el jefe, el rico y el noble.... no para el desgraciado que se pasaba la vida plantando nabos a la orilla del Báltico. Que era la mayoría. 

Los ritos funerarios eran pues un elemento clave para evitar apariciones de difuntos tipo Walking Death, y los vikingos se lo tomaban muy, muy en serio. A cada persona se le enterraba según su estatus social: el noble en un fastuoso barco lleno de ofrendas, el guerrero con sus armas, el artesano con sus herramientas,  la mujer con sus joyas, y el pobre con... bueno, consigo mismo. Inlcuso los esclavos recibían enterramiento (un agujero en el suelo) para evitar que volvieran a chinchar a sus amos. Estos muertos están muy vivos.

Una vez realizado correctamente el ritual, cada uno iba al lugar que le correspondía. Si habías muerto en batalla con honores, tu sitio estaba en el Valhalla, donde Odín te daba la bienvenida, las valkirias te ponían copas y te pasabas el día pegándote con los otros inquilinos mientras esperáis la llegada del Ragnarok. Planazo. 

Sin embargo no todos los muertos en combate iban al Valhalla (Imagínate la rave), sólo aquellos elegidos personalmente por Odín. Los demás viajaban hasta Folkvang, los salones de la diosa Freya, que tampoco estaban nada mal. Aquí también iban las mujeres que habían tenido una muerte noble. ¡Viva el Folkvang! Seguro que era mucho más divertido que el Valhalla.

Si habías muerto en batalla pero eras un hijo de puta malvado, tu sitio tampoco estaba en el Valhalla: ibas a Helheim, al Inframundo, a morirte del asco. De hecho, tenían un lugar  reservado para los verdaderamente cabrones, el Nastrand o Playa de Cadáveres, un sitio muy bonito como os podéis imaginar. Por otro lado, los guerreros que morían de viejos o de enfermedad también iban al Helheim. ¿Por qué? Ni idea. Porque si, porque así semos los vikingos. Vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver.

Finalmente, y esto es un dato interesante y desconocido, no sólo se premiaba la excelencia en el combate sino también ser una persona normal y corriente. Cientos y miles de campesinos eran recibidos nada menos que por Thor, el más querido y popular de los dioses nórdicos. Papá Thor acogía a estas gentes en unos salones llamados Bliskimir, donde cabía todo el mundo ya que contaba con 520 habitaciones.



Como podéis ver, los rituales funerarios y la vida después de la muerte eran temas de una importancia capital. Y uno de los documentos históricos más interesantes que nos han llegado al respecto es un libro llamado Kitab ilà Malik al-Saqa´liba.

Allá por el año 921, un pobre diplomático llamado Ahmad ibn Fadlān ibn al-Abbās ibn Rašīd ibn Hammād (Ahmad hijo de Fadlān, hijo de al-Abbās, hijo de etc etc etc…) fue enviado desde la calurosa Bagdag a las frías tierras de Bulgaria, con un mensaje del califa Al-Muqtadir para el rey Almiç. Lamentablemente el mensaje nunca llegó a Bulgaria, porque la embajada del pobre Ahmad tuvo la mala suerte de ser interceptada por un grupo de vikingos, los llamadosrus”, que consideraron que el el tipo del turbante era un cachondo, y decidieron llevárselo con ellos en plan mascota del equipo, a hacer sus cosas de "rus" (supongo que saquear y luego comerciar con lo saqueado, por aquello de mantener la riqueza en movimiento y tal). El desgraciado de Ahmad, pensando en el paquete que le iba a caer cuando regresara a Bagdag (si es que regresaba) empezó a escribir un documento exculpatorio en el que narraba su secuestro y estancia con los “rusiyyah”. El texto es uno de los retratos más antiguos del pueblo vikingo, y ha dado la vuelta al mundo con el nombre de “Kitab ilà Malik al-Saqa´liba”, que podría ser traducido como “Por qué me pasan a mi éstas cosas”.


El Kitab es un iteresante testimonio de primera mano en el que se describe a los vikingos como unos seres “altos como palmeras”, de rubios cabellos y grandes brazos, tatuados “desde el cuello hasta las uñas”. Ibn Fadlan, que debía ser más bien achaparrado, dice que sus cuerpos eran perfectos, y sus rostros de marcados pómulos, fieros y rubicundos. Por otra parte, también dice que eran unos cerdos vulgares y sucios, que no se lavaban y que comían como los animales. ¡Pero bueno, nadie es perfecto! Hay que tener en cuenta que la cultura árabe fue una de las más avanzadas y sofisticadas de la Edad Media, y que sus hábitos de limpieza superaban con creces a los de cualquier "europeo". Cuando en el norte de España andábamos vestidos con pieles y tirándonos piedras unos a otros, los árabes del sur se entretenían con la poesía, los baños calientes y la medición matemática y astronómica.... cosas de infieles, vaya. ¡La de vueltas que da la Historia, madre mía! Ahora son los suecos los reyes del mambo europeo, con sus Ikeas y sus empresas de alto rendimiento y sus ciudades ecológicas, uno de los países más ricos y florecientes del mundo, mientras que los árabes... en fin, la rueda de la Historia gira y no sabemos hacia dónde se dirige. El caso es que después de despotricar un buen rato sobre los rubios, Ahmad pasa a contarnos con gran lujo de detalles el funeral de un jefe muerto durante la expedición, un tipo escandinavo, posiblemente sueco.  Y esto es más o menos lo que ocurrió:

Lo primero es lo primero: el muerto tiene que estar guapo. Por lo tanto, se le entierra en una tumba temporal durante diez días, el tiempo necesario para cortar y coser suntuosas ropas funerarias

Lo segundo son las mujeres: una de sus esclavas tiene que ofrecerse “voluntaria” para acompañarle al Otro Mundo, a la manera del sati indio, cuando las viudas se arrojaban a la pira detrás de su marido. Sin embargo la esclava vikinga se lo montaba en plan festivalero: esos diez días los pasaba absolutamente pedo, cantando y rodeada por sus amigos. 



Lo tercero son las ofrendas: cogían un drakkar y lo arrastraban hasta la orilla. Del romanticismo decimonónico hemos heredado la idea de que, una vez prendido fuego, el barco se deslizaba sobre las aguas hasta que las llamas desaparecían en el horizonte. Craso error: aunque podría darse el caso, lo más habitual era quemarlo en tierra firme, y luego enterrarlo todo. O incluso en ocasiones no quemaban nada, con lo cual el asunto perdía bastante drama. Dependiendo del rango del muerto, el barco podría ser una estructura impresionante como la de Oseberg , un drakkar mediano o snekker, un bote, o incluo un túmulo de piedras en forma de barco. La idea era asociar la muerte con un viaje, y por supuesto un buen vikingo siempe viaja en barco. Luego depositan en su interior al cadáver, sobre una cama, rodeado de bebidas alcohólicas, frutas, armas y ofrendas variadas. Todo este bonito decorado lo estropeaban arrojando trozos de caballo descuartizado (ese viking touch, qué maravilla de diseño nórdico...), a los que previamente se les había hecho correr hasta que el sudor empapara sus flancos. 

A todo esto la esclava seguía más pedo que Alfredo, y tenía que ir de tienda en tienda encamándose con los amigos y parientes cercanos del jefe muerto. Después del acto, cada uno de ellos la despedía con la frase ritual: “Dile a tu amo que esto lo hice por amor a él”. Si señor: se nos ocurre hacer eso en España y el difunto vuelve y nos mete dos ostias bien dadas. Sin embargo, en la cultura nórdica los ritos sexuales demuestran que la mujer era considerada una especie de recipiente para la transmisión de energía vital al jefe difunto. Es decir, se la tira el amigo, pero en realidad es cómo si se la tirara el jefe. Esto me recuerda a aquel grandioso capítulo de Padre de Familia que dice: 

-  Peter, ¿cómo te sientes al saber que tu mujer se ha tirado a los Kiss?
-  Puessss...¡cómo si me los hubiera tirado yo mismo!

Luego viene mi parte preferida, que tan bien se refleja en la película de John McTiernan: cogían a la chica y la subían a algo que parecía el marco de una puerta. Ella se sentaba en el dintel y varios hombres levantaban las dos jambas, elevándola tres veces. Cada vez que la levantaban, ella tenía diferentes visiones. La primera vez veía a su padre y su madre. La segunda, a todos sus parientes y antepasados. Y la tercera, a su amo, que la llamaba para que se reuniera con él. De este fragmento se extrae la célebre oración fúnebre que tal bien le sale a Vladimir Kulich en la escena final de “El guerrero nº 13”:

Lo there do I see my father
Lo there do I see my mother,
And my sisters and my brothers
Lo there do I see the line of my people
back to the beggining.
Lo, they do calle to me
They bid me take my place among them
In the halls of Valhalla
Where the brave may live forever.

Dicen que las dos últimas frases están adaptadas al dramatismo de la escena final: lo que la muchacha decía realmente, según Ahmad, era que allí todo era verde y hermoso (los nórdicos debían estar hasta los cojones de la escarcha), que estaba lleno de hombres y chicos jóvenes, y que quería ir allí. Nos ha jodido.



La última fase del ritual es…bueno, os lo podéis imaginar. No es precisamente un final de Disney. La chica se quitaba los brazaletes y todas las joyas, se tomaba el último copazo, se despedía de sus amigos, y entraba en el barco. Dice Ahmed que seis hombres la acompañaban, los más cercanos al muerto, y con ellos echaba los seis últimos polvos de su vida. “Dile a tu amo que esto lo hice por amor a él”, y todo eso. Fuera, los guerreros empezaban a golpear con fuerza sus escudos, por si acaso a la desgraciada se le ocurría ponerse a gritar. Dentro del barco, los seis acompañante la tendían junto al muerto, dos de ellos la agarraban de las muñecas, y otros dos de los tobillos. En ese momento aparecía el Ángel de la Muerte, que pese a tan sugestivo nombre no era más que una especie de sacerdotisa o chamán (siempre me las imagino ancianas y siniestras) y ponía una cuerda alrededor del cuello de la esclava. Y mientras los dos hombres restantes apretaban de la cuerda, el ángel hundía un cuchillo en el pecho de la chica. Fin de la ceremonia. 

Para cerrar el funeral, aparecía el miembro más joven de la dinastía, absolutamente en pelotas. Con una mano se tapaba el culo (el simbolismo se me escapa…) mientras que en la otra llevaba una antorcha encendida, con la que prendía fuego al barco. No conozco los materiales inflamables que se utilizaban, pero debía ser un petardazo guapo, ya que las llamas alcanzaban una temperatura de 1400º, mucho más alta que en un crematorio moderno, y por eso los arqueólogos se tiran de los pelos, ya que nunca han encontrado más que algunos huesos y fragmentos de metal.  Se dice que el fuego facilitaba el viaje el reino de la muerte, así que con semejante pira seguro que llegaban al Valhalla (o a donde fuera) pero escopetaos.
.

Al final el bueno de Ahmad ibn Fadlān ibn al-Abbās ibn Rašīd ibn Hammād consiguió, no se sabe cómo, volver a su Bagdag natal. Durante la recepción oficial, el califa Al-Muqtadir le preguntó al diplomático por el éxito de la misión, a lo que Ahmad contestó  “Ehem, pues no te lo vas a creer…” Si alguien encuentra, perdido por cualquier biblioteca, el Kitāb ilà Malik al-Saqāliba, ruego me lo haga saber.