9/12/09

Un tío bueno de los de antes

"El general Desaix" Andrea Appiani, 1800.

Hoy me he pasado la tarde husmeando tranquilamente entre las páginas de un libro de pintura decimonónica. La edición molaba y las fotos ocupaban toda la cara, motivo más que suficiente para tenerme entretenida unas cuantas horas. Mis ojos pasaban distraídos por la sección de retratos (un desfile de finos caballeros marcando paquete y sable), cuando de repente me ha saltado a la cara, sin previo aviso, el retrato del tío mas bueno que he visto en mucho tiempo. Me he quedado del revés. El general Desaix, pone en el pie de foto. Louis-Charles- Antonie Desaix, para servirla a usted. Y no sólo está bueno que revienta, con ese perfil griego que me tiene loca, sino que además fue uno de los generales más brillantes del ejército napoleónico, admirado tanto entre los franceses como entre los egipcios, de los que era gobernador (los morunos le llamaban Fellahen, el Buen Sultán. Así salen de contentos en el cuadro) Pero es que aparte de guapo, listo y buena gente, resulta que también tenía estilo, el cabrón: levita oscura y pañuelo al cuello anudado con estudiada negligencia, en vez de ir cargado de charreteras y espumillón como era costumbre entre los altos mandos de la France. Dicen que no era precisamente la alegría de la huerta, y seguramente fuera bastante más bajito de lo que lo pintan (nunca mejor dicho), pero a Napoleón le caía bien porque, aparte de ser un genial estratega, el tipo iba perdiendo el equipaje por todas partes y no había maldita la manera de hacerle llevar una seda o un penacho de plumas.Espartano a la par que elegante.

Cuando me he puesto a rebuscar algo más por Internet (no hay gran cosa), he quedado convencida de que mesié Louis fue un señor de bandera. El tiro de gracia me lo ha dado la Wikipedia: dice que cuando estalló la Revolución Francesa, Desaix se negó a huir de París. Lejos de achantarse (y con razón) como tantos otros jóvenes de familia aristócrata, el tío se plantó con dos cojones galos delante de la turbamulta, y declaró que a él no lo movía de Francia ni Dios, y que lucharía hasta la muerte por la Liberté, la Egalité y la Fraternité. Y que viva Marianne y la madre que la parió. Eso dijo la criaturita, que no debía tener más de 19 años. Y claro, con semejantes antecedentes, no tardó mucho tiempo en llamar la atención del Petit Cabrón, y arramplar junto con él por los campos de batalla de media Europa y parte de África. Perdió la vida por una estúpida bala de mosquete, durante los estertores de la Batalla de Marengo, justo cuando las tropas de Napoleón empezaban a cantar victoria. Mala suerte.

Pero lo lamentable de todo esto es cuando cierras el libro y enciendes la tele, y ves que, hoy por hoy, el non plus ultra de la belleza y carisma masculino lo representa el payaso de Robert Pattinson, un actor de la escuela de Chuck Norris, cuya única cualidad destacable es una barbilla con la que se podrían partir nueces. En la sección de duros y maduros tenemos a George Clooney (what else?), e incluso Carlos Baute, que es un tonto a las tres con dientes de caníbal, tiene lo que las revistas llaman “un imán irresistible para las mujeres”. Y pienso, mientras apago la tele de una patada, que he nacido dos putos siglos antes de tiempo.