23/11/11

Haciendo el indio: la falsa carta del Gran Jefe Seattle

Hay varias cosas impepinables en el mundo de la decoración y interiorismo: posters de Kerrang en los antros heavys, carteles de cine añejo en los garitos de Malasaña, y murales con la "Carta del Jefe Seattle" en los herbolarios, centros esotéricos y otros establecimientos más o menos místicos. Este último producto infernal se vende a patadas en el Rastro, y el modelo es siempre el mismo: cara de indio dibujada contra un atardecer fosforito, acompañado de alguna frase del tipo “Sólo cuando se haya cortado el último árbol, contaminado el último río, pescado el último pez, sólo entonces verás que el dinero no se puede comer”. Ya saben: viejos pieles roja de gesto estreñido que miran al horizonte, perdidos en dios sabe qué grandezas espirituales, y tocados con la ineludible corona de plumas. No hay nada más falso ni más edulcorado que un indio reinventado por el neo-ecologismo del siglo XX. Este poster haría vomitar en bloque a tribus enteras de atakapas, choulas, lakotas y algonquinos. 
La caspa

Uno de esos pobres indios plastificados me observa desde la pared de cierto herbolario de Pozuelo. Parece terriblemente deprimido de encontrarse ahí. Mientras lo contemplo con el ceño fruncido, la gurú que regenta la tienda se acerca a mí y me susurra con ternura reverente: “Es el Gran Jefe Seattle”. “Ah que bien”, contesto yo en el colmo de la falsedad. No quiero envenenar un ambiente tan místico y fluorescente con la mala ostia de mis chakras bilbaínos, así que la pava se aleja solemnemente, como si acabara de desvelarme un misterio cósmico, y yo pienso para mi coleto: “Esta mierda gorda que tienes colgada en  la pared no sólo es fea, sino que además es una falacia, y una terrible falta de respeto a la cultura indígena norteamericana. Si el viejo piel roja viera esto se pondría fumando en pipa, y no precisamente de la paz. Porque para empezar, éste hombre no es (pero ni de casualidad) el Gran Jefe Seattle. Y te voy a explicar por qué, mística de tres al cuarto: Seattle se caracterizaba por ser un pacifista militante. De su boca salieron frases lapidarias como ésta: “Cuando nuestros jóvenes se enfurecen y desfiguran sus rostros con pinturas negras, quiere decir que sus corazones son negros también”… ¿y sabes lo que significa la corona de plumas con la que siempre se dibuja al pobre Seattle? Significa GUERRA: el terrible tocado ceremonial de los sioux-lakota, una de las tribus más belicosas jamás salida del culo de Manitou. Decir que este hombre emplumado es Seattle es como poner una foto de Steven Seagal y afirmar que es Gandhi.”


Prueba de agudeza visual nº 1

Pero claro, a día de hoy… ¿qué es un indio sin tocado de plumas? Queda muy soso, como un negro sin lanza, un inglés sin monóculo o un español sin patillas de bandolero. Parece que somos incapaces de reconocer a un piel roja si no lleva el pack de complementos Playmobil: tocados de plumas, tomahauks, appalosas, búfalos de cartón-piedra bajo atardeceres cutres en tonos pastel…. ¿Os acordáis de cuando salieron en el periódico las fotos de aquellos piratas somalíes? En ese momento, una parte de nuestro cerebro susurró: “Bah, eso no son piratas de verdad, porque no tienen ni loro ni parche ni pata de palo. Ni siquiera tienen aretes en las orejas. No son más que un montón de negros desharrapados armados con kalashnikovs”. Ni que decir tiene, por supuesto, que Jack Sparrow mola mil veces más. Tú le das un lápiz de kohl a uno de esos somalíes y se lo come, o te lo hace comer.  Pues eso, que le pongas plumas al indio, y así dejamos las cosas claras y nadie se lía…. ¡Qué imbecilidad!


Prueba de agudeza visual nº 2


Pero lo que de verdad me cabrea, lo que hace que me gotee el colmillo, es el texto que suele acompañar tan flamante poster: la celebérrima "Carta del Gran Jefe Seattle". Ese enternecedor discurso comienza diciendo El Gran Jefe Blanco de Washington nos envió un mensaje diciendo que quiere comprar nuestras tierras...” y continúa así durante más de 2000 palabras, desgranando temas tan anacrónicos a la época y al contexto de Seattle (1780- 1866) como la extinción de las especies, la contaminación industrial o la conciencia ecológica. Cualquier persona con conocimientos de cultura indígena norteamericana puede detectar, al leer esta carta, extrañas notas discordantes que no corresponden ni con la ideología ni con el contexto histórico. ¿Y por qué? La respuesta es simple: porque (sorpresa) esta carta NO la escribió el Gran Jefe Seattle a mediados del siglo XIX, sino un guionista norteamericano llamado Ted Perry a finales del XX. Aquí la tenemos, en todo su esplendor:




Vamos a hacer un ejercicio de análisis histórico, veréis que divertido y que edificante resulta. El siguiente fragmento pertenece a esta supuesta “Carta del Gran Jefe Seattle”, la que siempre vemos rulando por Internet:

“Soy un hombre salvaje y no comprendo ninguna otra forma de actuar. Vi un millar de búfalos pudriéndose en la planicie, abandonados por el hombre blanco que los abatió desde un tren al pasar. Yo soy un hombre salvaje y no comprendo cómo es que el caballo humeante de hierro puede ser más importante que el búfalo, que nosotros sacrificamos solamente para sobrevivir.”

Bien, pues esto es lo que piensa un historiador:

“Vi un millar de búfalos pudriéndose en la planicie (...) al cual nosotros sacrificamos solamente para sobrevivir. Seattle era jefe de la tribu de los duwamish y de los squamish. Ambas etnias vivían en el extremo norte de la costa Oeste de los Estados Unidos, una zona conocida como la Sonda de Puget. Se trata de un territorio pesquero, donde las tribus se dedicaban a la recogida de la almeja y otros crustáceos. Con toda probabilidad, Seattle y su gente no habrían visto un búfalo en su puñetera vida, ya que éstos sólo habitan en las llanuras centrales americanas, que abarcan desde México a Canadá. Hablar de los búfalos de Sonda de Puget es como hablar de los célebres osos polares de Jerez de la Frontera. Supongo que la frase “Vi un millar de almejas pudriéndose en la planicie…”, queda bastante menos épica, así que Ted Perry las sustituyó sin pudor por un animal más digno, que además diera el pego en los pósters. Total, son indios, ¿no? Los indios van con los búfalos y con las águilas, no con las jodidas almejas. Pues ya está.

“(...) abandonados por el hombre blanco que los abatió desde un tren al pasar (…)” Seattle nació alrededor de 1780 y murió en 1866. En esas fechas ni siquiera estaba puesta la primera vía ferroviaria en el norte de la Costa Este, mucho menos iba a pasar un tren lleno de energúmenos con rifles…

Y así, sucesivamente… 

Con esto no quiero decir, ni mucho menos, que el búfalo no fuera un animal en peligro de extinción. Es una realidad histórica que la caza masiva promovida por los colonos fue letal para la especie, que no empezó a recuperarse hasta principios del siglo XX. Simplemente digo que el jefe Seattle no pudo haberlo visto: ni la mengua del bisonte (por motivos geográficos) ni al “humeante caballo de hierro” (por motivos cronológicos).
The Buffalo Hunt [No 26], 1899, Charles Rusell. Amon Carter Museum, Fort Worth.

Pero las falsedades más dolorosas, las más dañinas, no son esos curiosos datos históricos, sino la manipulación que Parry hizo con lo intangible: con la religión y la espiritualidad de las tribus. La estúpida moralina norteamericana tiene meter su cuchara en todas las sopas .… Leed, por favor, la descafeinada pedorrez de Ted Perry, y luego comparadla con las palabras originales del gran Jefe Seattle:

De una cosa estamos seguros, una cosa que el hombre blanco llegará a descubrir algún día: nuestro Dios es el mismo Dios. Ustedes podrán pensar que lo poseen, como desean poseer nuestra tierra; pero no es posible, Él es el Dios del hombre, y su compasión es igual para el hombre piel roja como para el hombre piel blanca.

Ted Parry

Ohhhh, que bonito, voy a llorar. God bless América, y todas esas cosas. Pero lo que verdaderamente dijo Seattle es lo siguiente:

“¡Vuestro Dios no es nuestro Dios! Vuestro Dios ama a vuestra gente y odia a la nuestra. Él arropa con su fuerte brazo al hombre blanco y le lleva de la mano como un padre lleva a su hijo pequeño. El Dios del hombre blanco no nos ama, porque si nos amase nos protegería. ¿Cómo podemos entonces ser hermanos? (…) Si acaso tuviéramos algún Padre Celestial común, Él debe ser parcial, porque acudió sólo a sus hijos blancos…. nosotros nunca le vimos. Él os dio leyes, pero no tuvo palabras para sus hijos rojos, cuyas inmensas multitudes cubrieron en su día este vasto continente, igual que las estrellas cubren el firmamento. No; somos dos razas diferentes, con orígenes distintos y distintos destinos. Hay muy poco en común entre nosotros.”

Seattle

Toma ya, la primera en la frente. Es vergonzoso poner palabras falsas y edulcoradas por la triste moralina occidental en boca de un hombre tan lúcido y tan íntegro como este indio. Shame on you, Ted Perry. 

ECO-IDIOTAS

En fin, una vez expuestas las líneas generales de asunto, ha llegado la hora de profundizar un poco en el tema. Porque las cosas nunca son ni tan blancas ni tan negras… 

La realidad es que Ted Perry no era tan mal tío ni tan farsante como parece. Él sólo hacía su trabajo, que era escribir guiones. La culpa de que este texto haya pasado como verídico no es del todo suya, sino de la exposiva mezcla entre manipulación e inocencia que continúa en  nuestros días.

Eran mediados de los años 70, y al joven Perry le habían encargado el guión de un reportaje sobre la contaminación del planeta titulado “Home” (Hogar). Estamos en los albores del movimiento ecológico, la concienciación social empezaba a dar sus pequeños pasitos, y Perry decide escribir un texto conmovedor que remueva las nuevas conciencias y que cierre con broche de oro su documental. Hoy en día, ese texto lo conocemos con el nombre de  "Carta del jefe Seattle", y no para de dar vueltas en Internet como anécdota histórica real.  ¿Y de dónde ha salido pues? Os cuento...

Cuando era más joven, Perry tuvo la suerte de asistir a una conferencia sobre la explotación de los recursos naturales que le dejó marcado. El ponente fue un tal William Arrowsmith, académico de la Universidad de Texas, el cual se había basado (muuuy lejanamente) en las opiniones del gran Jefe Seattle, recogidas en 1854 por un colono traductor llamado A. Smith. Así que Perry cogió el texto de Arrowsmith, lo aliñó con los ingredientes propios de la nueva mentalidad ecologista, y creó de su puño y letra la célebre “Carta del Gran Jefe Seattle” que ahora todos reverenciamos como sumun de la sabiduría indígena norteamericana. Pero no por ello es un farsante, ojo. En ningún momento quiso hacer pasar su obra como un texto real: “No comprobé la exactitud histórica de lo que escribí. Pocos guionistas lo hacen. Lo que planteé fue trasladar al jefe Seattle al mundo moderno e imaginarme lo que diría”.  La culpa, entonces, no es sólo de Ted Perry, sino también de los que lo propagan como texto histórico: desde los maestros del márketing hasta los ecologistas de buena voluntad. Digamos que es una cadena de responsabilidades.

Ted Perry. Qué bajona, ¿eh?

Y es que tenemos que ser conscientes de algo muy importante: que son indios, joder, no figuras mitológicas y soñadas. Fueron centenares de tribus, asentadas durante siglos a lo largo y ancho del continente norteamericano, de la misma manera que los celtas lo hicieron por Europa. Merecen respeto y dignidad propias, no convertirse en fetiches neo-ecologistas de nuestra propia cultura.


EL TEXTO ORIGINAL

La versión más cercana al discurso original es, como hemos citado anteriormente, obra de un testigo ocular llamado A. Smith. Y tampoco es muy fiable, que digamos. Para empezar, Seattle habló en dialecto lushootseed, que tiene pinta de ser un idioma bastante infernal. El pobre Smith dijo que no había problema, que él dominaba aquella lengua (*ehem-ehem* fijo que no).  Finalmente, alguien tradujo el discurso del lushootseed a la jerga chinook, y más tarde de la jerga chinook al inglés… podéis imaginaros la fidelidad del texto. Es como jugar al teléfono estropeado, nivel extremo.
El bueno de Smith

Sin embargo, y aunque no refleje con exactitud qué es lo que se dijo aquel día de 1854, el texto de Smith es por lo menos honrado: no se inventa ideas, ni adapta las palabras del indio a su propia mentalidad occidental, sino que traduce como puede lo que oyó de boca del mismo Seattle, un hombre de extraordinaria retórica. El siguiente mensaje es real, tan dolorosamente real como las viejas tribus. Esta carta nos muestra a un pueblo lúcido, resignado, consciente de que su forma de vida está en el filo de la navaja. No habla de la extinción del águila, del bisonte ni del caribú: habla de su propia extinción. Cedo la palabra al Gran Jefe Seattle. El de verdad.

El cielo lejano, que lleva siglos llorando lágrimas de compasión sobre mi pueblo, y que a nuestros ojos parece eterno e inmutable, puede cambiar. Hoy está despejado. Mañana podría aparecer cubierto de nubes. Mis palabras son como las estrellas que nunca cambian. Cualquier cosa que Seattle diga, el gran jefe de Washington puede confiar en ella con la misma certeza con la que confía en el retorno del sol o de las estaciones. El jefe blanco dice que el Gran Jefe de Washington nos manda muestras de amistad y buenos deseos. Esto es amable por su parte, ya que somos conscientes de que poca necesidad tiene de nuestra amistad. Su gente es numerosa, son como la hierba que cubre las vastas praderas. Mi gente es escasa, parecen árboles dispersos en una llanura barrida por el viento [...]


http://eltrastero-ley.blogspot.com/2011/11/la-noche-del-indio.html
Traducción propia 



http://en.wikipedia.org/wiki/Chief_Seattle
http://charlatanes.blogspot.com/
http://www.halcyon.com/arborhts/chiefsea.html


26/4/11

La Galerna

La Galerna. Óleo. 133 x 158 cm. Museo de Bellas Artes. Bilbao. Obra de Aurelio Arteta 


Éste es el cuadro. Me topé con él mientras paseaba distraída por los pasillos del Museo de Bellas Artes de Bilbao. El lienzo, que ocupa casi una pared entera, se llama “La Galerna” (The Wind Storm para los guiris) y fue pintado en 1913 por un artista vasco poco conocido llamado Aurelio Arteta. Supongo que la gente de la meseta no estará familiarizada con el término “galerna”, pero por aquí arriba lo conocemos bien, incluso demasiado bien: se trata de un temporal súbito y cabrón, con fuertes ráfagas de viento oeste-noroeste, que suele azotar el Mar Cantábrico y sus costas. Un ejemplo ilustrativo para abrir boca: en la célebre galerna del Sábado de Gloria (1878) perdieron la vida 132 cántabros y 190 vascos del tirón. Son muy bestias las galernas: desde las ventanas de mi casa de Algorta a veces se las puede ver, rodando por la superficie del mar como siniestras naves nodrizas preñadas de malos augurios. La masa de su frente frío es tan denso que podría cortarse con un cuchillo, y cuando chocan contra el promontorio de La Galea parece que sencillamente se tragan la piedra. Galicia, Asturias, País Vasco… cualquier pueblo con tradición marinera que orille el Cantábrico estará familiarizado con la escena, que de tanto repetirse ha acabado formando parte del imaginario popular: una familia de pescadores hecho una piñita de angustia, con la mirada fija en la tormenta donde se debate un ser querido. Fuerza dramática tiene, desde luego, y atmósfera, y sentimiento. Qué más le puedes pedir a un buen cuadro.


“Hace ya casi treinta años”, escribe el inefable Pérez Reverte,” aprendí cantidad de cosas sobre los hombres, sobre el mar y sobre la vida. Una vez, en mitad de un temporal gris y asesino, estuve con Paco el Piloto en la bocana del puerto junto a un grupo de mujeres y hombres vestidos de negro, viendo cómo los pequeños y desvalidos pesqueros intentaban poco a poco, entre olas de diez metros, ganar el abrigo del rompeolas.

Los divisábamos a lo lejos, vacilantes y minúsculos, tan frágiles entre montañas de agua y rociones de espuma, avanzando a duras penas con el estertor de sus motores a poca máquina. Se había perdido uno, y cuando un pesquero se pierde no se va un hombre, sino que desaparecen juntos el hijo, el marido, el hermano y los cuñados. Por eso las mujeres enlutadas, los viejos y los críos estaban allí mirándolos venir, en silencio, intentando adivinar cuál faltaba. Entonces el Piloto, que estaba a mi lado con la colilla a un lado de la boca, las miró de reojo y, discretamente, casi con embarazo, se quitó la gorra. Por respeto.”

Me quedé un buen rato mirando el cuadro con el zumbido de las palabras de Reverte y de mis propios recuerdos en la cabeza... se está hundiendo un barco, y con él un hombre, pero en el lienzo de Arteta también se hunde algo más: un hijo para el viejo de rojo, un marido para la mujer, un padre para el bebé, un amigo para el hombre de blanco y un hermano para el muchacho. En cada una de sus caras se dibuja un drama íntimo y diferenciado: la mirada del viejo es resignada, dolorosamente consciente. Sabe lo que va a pasar, entre otras cosas porque lleva siglos pasando ininterrumpidamente: el mar se tragará a su hijo, como se ha tragado ya a otros tantos otros. Frente a la lucidez del viejo, la dolorosa incredulidad del muchacho y su gesto impotente, “esto no puede estar pasando”, tan propio de la gente joven. Pero sin duda, la mujer es en mi opinión, la más terrible de todas las figuras: el odio frío y soterrado que desprenden sus pupilas vacías es paralizante. Si existiera un puñal capaz de clavarse en las entrañas del mar y secarlo de golpe, sin duda saldría de los ojos de esa viuda reciente, de esa hembra lívida e implacable. En el bebé combaten, como es habitual, el miedo y la curiosidad. Y el hombre de blanco, un arrantzale como el que se hunde al otro lado del lienzo, aprieta los dientes y se fuma un pitillo. A ver qué otra cosa puede hacer.

Qué hijo de puta el mar cuando quiere.

8/4/11

Sangre y sacrificio: la verdadera historia de "La Sirenita" (Parte II)


El lujo y el esplendor del salón de baile eran tales que jamás se habían visto en la tierra. Las paredes y el techo eran de cristal grueso y transparente. Centenares de gigantescas conchas se alineaban junto a las paredes y desprendían llamas azules que iluminaban el interior del salón y todo el mar. Innumerables peces de todos los tamaños se acercaban a las paredes de cristal: unos eran púrpuras, otros plateados, otros dorados. En medio del salón danzaban con grácil ligereza sirenas y tritones al melodioso son del canto de las princesitas: voces tan bellas jamás se habían oído entre los mortales. Y la voz de la más pequeña era la más hermosa bajo las aguas y sobre la faz de la tierra. Sin embargo, ella solo podía pensar en aquel a quien amaba más que a su padre y a su madre, aquel que navegaba sobre el palacio de cristal en un magnífico barco y que no sospechaba siquiera de la existencia de las sirenas.

En un arrebato, la sirenita abandonó el baile y fue a buscar a la Bruja del Mar. La hechicera vivía detrás de un turbulento remolino, en unas aguas donde no crecían flores ni algas; sólo un gris y desnudo páramo arenoso se extendía ante ella. Para llegar a su cueva había que atravesar aquel espantoso torbellino, una planicie de barro burbujeante, y finalmente un extraño bosque de pólipos, mitad animal y mitad planta, viscosos y retorcidos como manojos de gusanos. Cualquier cosa que podían atrapar la sujetaban con fuerza y ya no la soltaban. Entre sus garras pudo ver blancos esqueletos de seres humanos, timones, restos de barco, huesos de animales y lo que más la horrorizó, el cadáver de una sirenita que había sido atrapada y estrangulada. Al poco, llegó a un claro del bosque en cuyo suelo pantanoso serpenteaban unas anguilas de repugnantes vientres amarillos. En medio del claro se alzaba una casa construida con huesos de marineros naufragados. Y a la puerta estaba la Bruja del Mar. 

-Ya sé lo que quieres – se rió ella de forma malévola y estrepitosa- Es una locura. Pero se cumplirá tu deseo, princesita, aunque sea tu perdición. Quieres caminar como los seres humanos, pues crees que de ese modo el príncipe se enamorará de ti y tú conseguirás un alma inmortal. Voy a prepararte un brebaje, y te lo beberás en la superficie, antes de que salga el sol: la cola se te desgarrará en dos mitades, y te dolerá como si te estuvieran atravesando con una afilada espada. Todos confesarán que jamás en su vida han visto una muchacha tan bonita como tú. Caminarás con más gracia y elegancia que una bailarina, pero a cada paso que des, sentirás que pisas sobre cuchillas afiladas, tus carnes se abrirán y romperás a sangrar. Cada paso será una agonía. Si estás dispuesta a soportar esta tortura, yo te ayudaré.

-Lo estoy – dijo la sirenita con voz trémula.

-Pero debes recordar- añadió la bruja- que, en cuanto hayas adoptado forma humana, ya no volverás a ser sirena ni podrás regresar con tu familia. Y si no consigues que el príncipe te ame tanto que llegue a olvidarse de su padre y de su madre, que sólo piense en ti y que haga que un sacerdote ponga su mano derecha sobre la tuya, entonces no tendrás un alma inmortal. Si se te rompe el corazón, al día siguiente te convertirás en espuma de mar, y toda existencia habrá cesado para ti.

- Lo acepto todo- dijo la sirenita, pálida como una muerta.

- Además, me tendrás que pagar- remató la bruja- y no es poco lo que voy a pedirte. Tú tienes la voz más hermosa que jamás haya oído en el fondo del mar, y supongo que piensas hechizar con ella al príncipe. Pero me la tienes que entregar; me has de dar lo más hermoso que posees a cambio de mi valiosa poción, pues la he de preparar con mi propia sangre, para que el brebaje corte como una espada de doble filo… Aún podrás contar con tu preciosa figura, tus graciosos andares y la belleza de tus expresivos ojos. Habla a través de ellos ¿Qué te ocurre? ¿Te falta valor? Vamos, saca tu pequeña lengua para que te la corte.
-Que así sea – murmuró la sirenita.

La joven abrió la boca, y la Bruja del Mar le arrancó la lengua de un tajo, dejándola muda para siempre.

 
El sol aún no había salido cuando la muda sirenita llegó al palacio del príncipe y se tendió en la escalinata del mármol. La luna se reflejaba sobre ella con intensidad, y el brebaje resplandecía entre sus manos como una estrella. Nada más beberlo, la sirenita sintió una terrible agonía, como si una espada le atravesara el delicado cuerpo partiéndolo en dos; al instante se desmayó y quedó como muerta sobre el mármol. Cuando el sol se levantó sobre el mar, la sirenita se despertó y sintió un dolor abrasador; pero a su lado estaba el hermoso príncipe mirándola con sus ojos negros como el azabache. Ella bajó los suyos y vio que, en lugar de una cola de pez, ahora tenía las piernas más bonitas que una muchacha podría desear. Y como estaba desnuda, se cubrió con sus largos cabellos.


El príncipe le preguntó quién era y cómo había llegado hasta allí, y ella le lanzó una mirada dulce y triste con sus profundos ojos azules, porque no podía hablar. Él la condujo en brazos hasta el palacio. La vistieron con finísimas ropas de seda y muselina. Hermosísimas esclavas vestidas de seda y oro  vinieron a cantar ante el príncipe y la familia real. Una de ellas cantaba mejor que las otras, y el príncipe le aplaudió y le sonrió. La sirenita se moría de pena, porque sabía que ella cantaba muchísimo mejor. “Si al menos supiera lo que he perdido por estar junto a él…” pensaba tristemente.

Luego las esclavas comenzaron a bailar airosas al son de una música encantadora, y entonces ella alzó sus bellos brazos, se elevó sobre la punta de los pies y, más que bailar, flotó sobre el suelo. Con cada uno de sus movimientos se revelaba toda su hermosura, y sus ojos hablaban más al corazón que el canto de las esclavas. Todos quedaron fascinados, y sobre todo el príncipe, que la llamaba “mi pequeña huerfanita”. Ella no cesaba de bailar, aunque cada vez que sus delicados pies tocaban el suelo sentía un dolor desgarrador, como si estuviera pisando sobre cuchillas afiladas. El príncipe dijo que quería que se quedara para siempre a su lado, y entonces la permitieron dormir sobre un almohadón de terciopelo a la puerta del dormitorio del príncipe.


La sirenita y el príncipe cabalgaron a través de perfumados bosques, donde las verdes ramas les acariciaban los hombros y los pájaros cantaban entre las hojas. Treparon a las más altas montañas, cada vez más y más arriba, aunque los pies de la sirenita rompieron a sangrar de tal manera que todos lo advirtieron; pero, sin perder la sonrisa, ella seguía al príncipe montaña arriba hasta que veían pasar las nubes bajo sus pies. 


De regreso al palacio, mientras todos dormían, la sirenita bajaba por la escalinata de mármol para refrescarse sus ardientes pies en el agua de mar. Desde allí podía ver a sus hermanas, que se acercaban al palacio cogidas de la mano y cantando canciones melancólicas. Las princesitas iban a visitarla todas las noches, y en una ocasión vio de lejos a su abuela, que hacía muchos años que no subía a la superficie del mar, y junto a ella a su padre, el rey del mar, con la corona en la cabeza. Le tendían los brazos, pero no se atrevieron a acercarse a la costa tanto como las hermanas. De día en día el príncipe le iba tomando más y más cariño a la sirenita; sin embargo, la quería como se quiere a una niña bondadosa, y no se le pasaba por la cabeza convertirla en su esposa.
-“¿Me quieres más que a nadie?”- le preguntaba con los ojos cuando el príncipe la abrazaba y la besaba en su hermosa frente.
-Claro que te quiero más que a nadie- contestaba él-, porque tú eres la que tiene mejor corazón. Te pareces a una muchacha que vi una vez y que quizá no volveré a ver jamás. Yo iba en un barco que naufragó, y las olas me arrastraron hasta la playa, cerca de un sagrado templo donde servían varias muchachas. La más joven de ellas me encontró en la orilla y me salvó la vida. Ella es la única mujer en este mundo a la que puedo amar. Ella pertenece al sagrado templo, por eso la buena fortuna te ha enviado a mí para que me consueles de su ausencia. ¡No nos separaremos jamás!

La sirenita suspiró profundamente, pues no podía llorar.  “Dice que la muchacha pertenece al templo y que nunca saldrá de él, así que no se volverán a ver. Pero yo estoy aquí, a su lado: lo cuidaré, lo amaré y le dedicaré mi vida entera”. Se decía, sin embargo, que al príncipe le había llegado la hora de casarse, y que iba a hacerlo con la hija de un rey vecino, y por eso se estaba aparejando un magnífico barco. La sirenita sonreía, pues ella conocía mejor que nadie lo que pensaba el príncipe.
-No tengo más remedio que ir- le había dicho él- Mis padres me exigen que vaya a conocer a la princesa, pero no me pueden obligar a casarme con ella. No podría amarla, porque no se parecerá como tú a la muchacha del templo. Si alguna vez tuviera que casarme, lo haría contigo, mi pequeña huerfanita de ojos elocuentes.
Y la besaba en sus rojos labios y acariciaba sus largos cabellos, y ella apoyaba la cabeza sobre el corazón del príncipe y soñaba con la felicidad humana y  con un alma inmortal.


 -¿Te da miedo el mar, mi pequeña mudita? – le preguntó el príncipe cuando estuvieron en alta mar, a bordo del majestuoso barco que habría de llevarlos al reino vecino. Y ella sonreía, mientras veía como sus cinco hermanas iban siguiendo discretamente la estela del barco. Una vez incluso le pareció ver los reflejos que despedía el palacio de su padre a través de las aguas transparentes. 

Al día siguiente el barco arribó a su destino. Todas las campanas de las iglesias repicaron, en las altas torres sonaron las trompetas, mientras los soldados formaban con las brillantes bayonetas caladas y ondeando banderas. Todos los días se celebraban banquetes, bailes y fiestas, pero la princesa no asistía a ellos porque aún no había llegado. Todavía se encontraba en el sagrado templo, donde estaba siendo educada para convertirse en reina. Pero al fin llegó: era una espléndida muchacha, y la sirenita hubo de reconocer que en su vida había visto criatura tan bella. Tenía la piel delicada como pétalo de rosa, y bajo sus largas pestañas sonreían unos ojos de azul profundo. Era. Efectivamente, la muchacha del monasterio. El príncipe se quedó sin habla, y la estrechó entre sus brazos con tanta pasión que la joven se ruborizó.

-¡Oh, que feliz soy! – dijo el príncipe a la sirenita- . ¡Ha ocurrido lo que nunca me hubiera atrevido a soñar! Nos casaremos hoy mismo, y tú compartirás mi felicidad, porque me amas más que nadie.
Y la sirenita besó la mano y sintió que el corazón se le partía. Al día siguiente ella moriría y se convertiría en espuma de mar.
Echaron al vuelo todas las campanas de las iglesias y los heraldos recorrieron las calles anunciando la boda. Los sacerdotes meneaban los incensarios y el novio y la novia se daban la mano para recibir la bendición del obispo. La sirenita iba vestida de seda y oro y sostenía la cola del traje de la novia, pero sus oídos no escuchaban la música nupcial ni sus ojos veían la sagrada ceremonia, porque la mañana siguiente le traería la muerte y ella sólo pensaba en todo lo que había perdido en el mundo.


Aquella misma tarde, los novios subieron a bordo del barco del príncipe. En la cubierta principal habían levantado una tienda púrpura y oro, con blandos cojines, donde la dichosa pareja descansaría en la fría y tranquila noche. Izaron las velas, el viento las hinchó, y el barco se deslizó con suavidad sobre las aguas transparentes. El príncipe besó a su novia, ella le acarició los negros cabellos y, cogidos de la cintura, ambos se retiraron a la magnífica tienda. En el barco se hizo el silencio: sólo la sirenita y el timonel permanecían despiertos. La sirenita apoyó los brazos en la borda y miró hacia el este, esperando que los rosados dedos de la aurora abriesen paso al sol, cuyos primeros rayos le traerían la muerte. De pronto surgieron de las aguas sus hermanas, tan pálidas como ella misma; el viento ya no podía jugar con sus largos y hermosos cabellos, porque se los habían cortado.

-Se los hemos entregado a la Bruja del Mar  para que nos ayude a conseguir que no mueras este amanecer. Nos ha dado este puñal ¡Mira que afilado está! Antes de que salga el sol deberás clavarlo en el corazón del príncipe, y cuando su cálida sangre se derrame sobre tus piernas, recuperarás tu cola de pez y volverás a ser una sirena. Podrás sumergirte con nostras y vivir trescientos años antes de convertirte en espuma de mar. ¡Vamos, apresúrate! ¡O tú o él debéis morir antes de que salga el sol!

Y lanzando un hondo suspiro, desaparecieron bajo las aguas. 

La sirenita apartó la cortina que daba acceso a la tienda y vio a la hermosa novia durmiendo plácidamente, con la cabeza recostada en el pecho del príncipe. Se inclinó y lo besó en la frente. Contempló el afilado puñal y lo colocó sobre el corazón del príncipe, que se removió en el lecho y murmuró en sueños el nombre de su novia. ¡Ah, sólo ella ocupaba sus pensamientos! A la sirenita le tembló la mano con que aferraba el puñal… pero, de pronto, lo arrojó con fuerza a las olas del mar, que se tiñeron de rojo como si de las aguas brotara un manantial de sangre. Ya con los ojos vidriosos, miró de nuevo al príncipe, y luego se arrojó al mar. Al instante sintió cómo su cuerpo se convertía en espuma. 


El sol apareció por el horizonte, y sus cálidos rayos se posaron sobre la fría espuma mortal. Pero la sirenita no sentía la muerte: miraba hacia el claro sol y sobre su cabeza vio flotar miles de seres aéreos y transparentes, a través de los cuales podía distinguir las blancas velas y las nubes rojas. Las voces de aquellos seres eran melodiosas, pero tan sutiles que ningún oído humano podía percibirlas; sus figuras eran tan evanescentes que ningún ojo humano podía verlas; se deslizaban ligeras por el aire, aunque carecían de alas. La sirenita se miró y se dio cuenta de que tenía un cuerpo como el de aquellos seres y advirtió que se elevaba poco a poco sobre la espuma.

-¿Quiénes sois y adónde me lleváis? – preguntó, y su voz sonó como la de aquellas criaturas, tan bella y melodiosa que no había música terrenal que pudiera comparársele.
-Somos las hijas del aire- respondieron-. Las hijas del aire, como las del agua, tampoco tenemos un alma inmortal, pero podemos conseguirla haciendo buenas obras. Volamos a los países cálidos, donde el aire está cargado de la peste que mata a los hombres, y soplamos frescas brisas que lo purifican. Esparcimos por el aire el aroma de las flores, que refresca y cura a los enfermos. Volamos a los países fríos para derretir con nuestro soplo las afiladas cortezas de hielo. Si durante trescientos años tratamos de hacer todo el bien que podemos, al final penetra en nosotras un alma inmortal, participando así de la felicidad eterna de los humanos. Tú, pobre sirenita, has intentando conseguir lo mismo con todo el amor de tu corazón. Has sufrido y soportado el dolor con resignación, y por eso te encuentras ahora entre nosotras. Lleva a cabo tus buenas obras, y dentro de trescientos años, subirás al cielo y vivirás eternamente en el reino bendito.

La sirenita elevó sus brazos hacia el sol de Dios, y por primera vez en su vida derramó una lágrima. En el barco había de nuevo animación. Vio cómo el príncipe y la princesa la buscaban: ambos miraron con tristeza por la borda hacia la blanca espuma, como si supieran que ella se había arrojado a las olas. Sin que pudieran verla, la sirenita besó a la princesa en la frente y sonrió al príncipe. Y luego se elevó con las hijas del aire hacia una nube rosada que se deslizaba por el cielo. El barco quedó abajo, cada vez más pequeño. 



"Den lille havfrue" (La Sirenita),1837, Hans Christian Andersen
Edición de Francisco Antón
Ilustraciones de Christian Birmingham


Sangre y sacrificio: la verdadera historia de "La Sirenita" (Parte I)


[Este texto no es mío, como es natural, sino de un tipo bastante raro llamado Hans Christian Andersen (1805-1875), danés de nacimiento y aficionado a traumatizar a generaciones de niños con cuentos tristes que acaban mal, o por lo menos no del todo bien. Nunca suenan campanas de boda en las historias de Andersen, el príncipe nunca besa a la heroína, y quien esté esperando a que termine la historia para aplaudir y lanzar confeti, ya puede ir preparándose para escuchar un cuento de los de antes. Despedíos de aquella simpática Ariel de ondulante cabellera pelirroja y del príncipe Eric. Decid adiós con la manita al cangrejo Sebastián y relegad al olvido al estúpido de Flounder. Eerase una vez.....]

Mar adentro, las aguas son tan azules como las flores del aciano y tan transparentes como el claro cristal; pero el mar es allí muy profundo, tan profundo que las anclas de los barcos no han podido alcanzar jamás el fondo marino. Pues bien, allá abajo vive el pueblo del mar. Pero no penséis que en esas profundidades no hay más que arena blanca. No, allí crecen árboles y plantas maravillosas. Toda clase de peces, grandes y pequeños, se deslizan por entre las ramas, al igual que los pájaros en el aire. Y en lo más hondo está el castillo del rey del mar; sus paredes son de coral, sus largas ventanas apuntadas son del ámbar más transparente y el techo está construido con conchas que se abren y se cierran con el movimiento de las aguas.


El rey del mar era viudo desde hacía muchos años, y su anciana madre gobernaba el castillo, una mujer de excelentes cualidades, y la principal era que amaba con locura a sus seis nietas, las princesitas del mar. Las seis eran muy hermosas, pero la menor era la más bella de todas; tenía la piel suave y delicada como un pétalo de rosa, y sus ojos eran tan azules como el mar profundo, pero, al igual que sus hermanas, carecía de piernas, porque su cuerpo terminaba en una cola de pez. Las princesitas se pasaban el día jugueteando en los amplios salones del palacio, en cuyas paredes crecían hermosas flores llenas de vida. Los peces entraban nadando por los ventanales de ámbar del salón y se acercaban a las seis hermanas, comían de su mano y se dejaban acariciar. Sin embargo, para la pequeña, no había mayor placer que oír hablar a su abuela una y mil veces del mundo lejano de los seres humanos. 
-Cuando cumpláis quince años – dijo un buen día la abuela-, se os permitirá subir a la superficie del mar, sentaros en los arrecifes a la luz de la luna y ver pasar a los grandes barcos. 
La pequeña criatura soñaba: si alguna vez una especie de nube negra se deslizaba sobre ella, la sirenita sabía que se trataba de una ballena o de un barco navegando, pero…¡qué lejos estaban los marineros de imaginar que una preciosa joven se hallaba en las profundidades y tendía sus blancas manos hacia la quilla de su nave!

La mayor cumplió por fin quince años y subió a la superficie del mar. Lo más hermoso, decía, era tenderse en un banco de arena a la luz de la luna y contemplar la gran ciudad, en la que brillaban luces como miles de estrellas; había oído música, hablar a los seres humanos y tañer campanas de iglesia. Pero no se atrevió a acercarse más.

Al año siguiente, la segunda hermana emergió a la superficie justo cuando el sol se estaba poniendo, y el espectáculo que presenció fue grandioso ¡Todo el  cielo parecía de oro y las nubes eran de  una belleza indescriptible, pues estaban pintadas de rojo y violeta, y se deslizaban suaves por el cielo! La sirenita se quiso acercar nadando hacia al sol, pero éste se hundió en el agua, llevándose consigo los colores del mar, del cielo y de las nubes. La tercera de las hermanas era la más atrevida de todas, y al año siguiente subió nadando por un ancho río y vio colinas verdes con viñedos, castillos y granjas que asomaban entre espesos bosques. En una pequeña cala vio a unos niños que juagaban desnudos en el agua; pero cuando se acercó a jugar con ellos, los niños se asustaron y echaron a correr.

La cuarta hermana era la más tímida, y se quedó en alta mar, muy lejos de la costa. Pero decía que aquel era el lugar más hermoso, pues desde allí se podía ver muchas millas a la redonda, y el cielo semejaba una gran campana de cristal. Unos graciosos delfines saltaron ante ella y, a lo lejos, la sirenita vio a unas enomes ballenas despedir chorros como una fuente.

Cuando le llegó el turno a la quinta germana era pleno invierno, por lo que el mar estaba verde y en él flotaban icebergs tan hermosos como las perlas y más altos que los campanarios de los humanos. Aquellos témpanos tenían formas extrañas y relucían como diamantes. La sirenita se había sentado en uno de los más grandes, y al verlo, los marineros que navegaban por las inmediaciones se aterrorizaron y se apartaron de la ruta donde se hallaba aquel temible iceberg y la sirenita de hermosos cabellos arremolinados por el viento.


Por fin, la más pequeña cumplió quince años. Su abuela le puso una guirnalda de lirios blancos en el pelo y ordenó a ocho ostras que se pegaran a la cola de la sirenita, para que todo el mundo supiera que era una princesa.  Luego ascendió ligera como una burbuja. Cuando la joven sacó la cabeza del agua, el sol estaba a punto de ponerse, el aire era suave y fresco, y el mar parecía un espejo. 


La princesita vio una nave de tres palos, y a asomarse a través de sus ventanas puedo distinguir a mucha gente ricamente vestida y a muchos marineros, pero el más hermoso de aquellos seres humanos era un joven príncipe de grandes ojos negros. No parecía tener más de dieciséis años, y esa era, en verdad, su edad. Aquel mismo día celebraban su cumpleaños con una gran fiesta. Los marineros bailaban en la cubierta y, cuando el joven príncipe salió a verlos, dispararon centenares de cohetes. La noche se iluminó como si fuera de día y la sirenita se asustó tanto que se sumergió. Al sacar de nuevo la cabeza le pareció como si todas las estrellas del cielo estuvieran cayendo sobre ella. Jamás había visto fuegos artificiales.

Se hacía tarde, pero la sirenita no podía apartar los ojos del barco y del apuesto príncipe. Lentamente, de las profundidades del mar surgió un estruendo: las olas empezaron a mecer a la sirenita mientras negros nubarrones se acercaban por el horizonte. Cayó un rayo y se desató una horrible tempestad,  que amenazaba con tragarse al buque y romper su orgulloso mástil. La sirenita comprendió que los hombres estaban en peligro; ella misma tenía que esquivar el golpe de los maderos que las olas lanzaban contra ella, y que amenazaban con aplastarla. Buscó al joven príncipe entre los aterrorizados marineros que buscaban a qué aferrarse, y lo vio  justo cuando el barco se iba a pique. Al principio se alegró mucho, pensando que el príncipe la acompañaría al fondo del mar. Pero entonces recordó que los seres humanos no pueden vivir en el agua y que el príncipe ya estaría muerto cuando llegara al castillo de su padre. Así que se zambulló en mitad del naufragio, y lo encontró justo en el momento en que al príncipe le fallaban las fuerzas y apenas podía mantenerse a flore. La sirenita le mantuvo la cabeza por encima del agua y dejó que las olas los arrastraran a donde quisieran.

Al amanecer, la tormenta había cesado. No se veía ni el menor rastro del barco naufragado, pero el sol coloreaba las mejillas del príncipe, que aún seguía con los ojos cerrados. La sirenita besó su frente y le acarició el cabello mojado: pensó que se parecía a una estatua que una vez ella encontró en el fondo del mar y que trasladó a su jardín privado. Volvió a besarlo y deseó fervientemente que sobreviviera. Por fin vio tierra firme, altas montañas y un frondoso bosque junto al que se levantaba un convento lleno de limoneros y naranjos. El mar formaba allí una caleta de aguas tranquilas y profundas. La sirenita nadó allí con el príncipe y lo tendió en una playa de fina arena blanca. Repicaron entonces las campanas del monasterio, y un grupo de muchachas salió al jardín. La sirenita fue a esconderse tras unas rocas, cubriéndose la cabeza con algas para que no la descubriesen. Una de las muchachas llegó hasta el príncipe: tenía aspecto asustado, pero en seguida se recobró y llamó a las otras. Se acercó mucha gente, y el príncipe recobró la consciencia. Al abrir los ojos por vez primera, vio ante sí el rostro de la muchacha del monasterio, y la sonrió con dulzura y agradecimiento, pero no miró hacia el mar, donde la sirenita asomaba tras una roca. Porque ¿cómo iba a saber el príncipe que ella era su verdadera salvadora? La sirenita se sintió muy triste y, cuando se llevaron al príncipe al gran edificio blanco, se sumergió apenada en el agua y regresó al palacio de su padre. Cuando sus hermanas le preguntaron qué había visto, no les dijo nada. Siempre había sido callada y pensativa, pero desde entonces lo fue mucho más.



Al final ya no lo pudo soportar el silencio y acabó por contárselo a sus hermanas y a algunas amigas íntimas. Una de ellas sabía dónde se encontraba el gran palacio que con toda seguridad era donde habitaba el príncipe. Y cogidas de la mano, subieron a  la superficie y llegaron al lugar: estaba construido con resplandecientes piedras amarillas y tenía varias escalinatas de mármol, una de las cuales descendía hasta el mar. Ahora ya sabía la sirenita dónde vivía el príncipe, así que muchas tardes y muchas noches nadaba hacia aquel lugar. Llegaba por un estrecho canal hasta un extremo del palacio y allí, bajo un balcón de mármol, se sentaba a contemplar al joven príncipe, que creía que se encontraba a solas a la luz de la luna. Lo observaba también oculta entre los verdes juncos, y si alguien veía su velo blanco flotando al viento, pensaba que era un cisne batiendo las alas. 


La sirenita cada vez amaba más a los seres humanos y cada vez deseaba más irse a vivir entre ellos: su mundo le parecía mucho más grande que el suyo propio, ellos podían navegar por el mar y subir a las montañas hasta sobrepasar las nubes. Finalmente decidió preguntarle a su abuela, que conocía muy bien “el mundo superior”.
-  Si los seres humanos no se ahogan – le preguntó- ¿viven entonces para siempre? ¿No mueren como nosotros, la gente del mar?
- ¡Claro que mueren! – respondió la abuela- . Y su vida no es tan larga como la nuestra. Nosotros podemos vivir trescientos años, pero cuando morimos nos convertimos en espuma de mar. También carecemos de alma inmortal, así que no podemos aspirar a otra vida. Pero los seres humanos tienen almas que viven después de que sus cuerpos se hayan convertido en polvo. Ascienden hasta el cielo donde lucen las estrellas, a unas tierras benditas que nosotros jamás podremos ver. 
-¡Oh! – exclamó la sirenita - ¡Cambiaría con gusto los trescientos años de vida que tengo por ser mujer un solo día, y poder vivir luego en ese mundo celestial! ¿No puedo hacer nada para conseguir un alma humana?
-No- dijo la anciana-, a no ser que un hombre te ame tanto que lo seas todo para él. Si sólo piensa en ti y te entrega todo su amor, y un sacerdote pone su mano derecha sobre la tuya, entonces y sólo entonces entrará en tu cuerpo un alma. Pero eso nunca sucederá. Porque lo que en el fondo del mar consideramos más hermoso, que es nuestra cola de pez, allí arriba en la tierra les parece algo monstruoso. No tienen gusto. Para que te consideren hermosa en la tierra debes tener dos torpes columnas, que llaman piernas. 
La sirenita suspiró y miró con tristeza su bellísima cola de pez, que brillaba con irisados tonos de verde y aguamarina. Pero no podía caer en la melancolía: esa noche había un baile en palacio. Tenía trescientos años para bailar, cantar, y nadar bajo las olas.

(PARTE II)