25/9/10

De barcos y ancestros

Cisneros, la fragata del bisabuelo Manuel. Bonica es...
Dicen que los vascos tienen fama de buenos marinos. No sabría decir cuánto hay de verdad en esta afirmación pero, al menos en mi árbol genealógico, muchas ramitas se han girado en dirección al mar con la inexorabilidad de virutas ante un polo magnético. Hasta dónde puedo rastrear, esta familia hunde sus raíces en agua salobre: el tatarabuelo Genaro, los bisabuelos Manuel y Jesús, los abuelos Juan y Enrique, los tíos Jesús y Juantxu… este impulso de mirar hacia la costa no se ha saltado ni una sola generación. Incluso yo he recibido mi pequeña y licuada dosis de salitre familiar: siempre me gustaron los capitanes de grandes bigotes, las ballenas blancas, el viento contra la lona y el chispeante sonido del tajamar cuando parte limpiamente las olas. Sentir el horizonte azul extendiéndose en las cuatro direcciones es para mí un bálsamo, y no hay nada mejor que cabalgar a lomos de esas benévolas y fieles criaturas marinas que en realidad son los barcos. Los que cabecean y cabriolean, los que saltan, cortan y se deslizan en un trasiego de velas y jarcias son mis preferidos, pero a exepción de los grandes yates de ocio (horteradas del tipo "La Perla del Mediterráneo", con jacuzzis y animadores que te obligan a bailar la conga) todos me caen bien: el velero y la chalupa, la zodiac y el catamarán. En realidad me basta con que flote.

Como digo, hay muchos marinos y enamorados del mar en esta familia, y cada uno tiene su propia historia. Hoy voy a contar la de mi bisabuelo y su hermano, una pareja de estrambóticos capitanes de navío de principios de siglo XX: Don Manuel y Don Jesús Azkune Markaida. Por motivos de espacio (este pobrecito blog no está diseñado para largas chapas), sólo seguiré la pista de uno de ellos: la de Jesús, el pequeño. Es una bizarra historia en la que no faltan minas acuáticas, trágicos naufragios y resurrecciones milagrosas.

A primera vista, la vieja foto no es demasiado impresionante: un vasquito de cara honrada y ojos mansos, camisa blanca y boina calada hasta las cejas. Yo me esperaba, que sé yo, algún capitán de navío de esos que aparecen en los cuadros, escrutando con severidad el horizonte y, a ser posible, atusándose el mostacho. En cambio, me devuelve la mirada un pacífico baserritarra de principios de siglo. Ese es el tío-bisabuelo Jesús.


Jesús Azkune Markaida nació en 1888 en Algorta, y se pasó la mitad de su infancia con los pies metidos en Arrigúnaga, la playa que se ve desde las ventanas de nuestra casa. [NOTA 2] En 1900, siendo un moco de 12 años, agarró su petate y se fue a los muelles talmente como si fuera un personaje de Stevenson, para embarcar en un navío que hacía el recorrido Portugalete- Southampton. El capitán, como es natural, se pasó los sueños del grumete por el forro de su mostacho y enterró al chavalillo en las cocinas con órdenes no demasiado gloriosas: pela patatas, friega platos y no des el coñazo. El joven Jesús estaba in-dig-na-do. En cuanto el barco amarró en Inglaterra, cogió su petate y echó a correr por los muelles el muy desertor, con tan mala fortuna que fue a chocarse de bruces con su propio capitán, que lo mandó de vuelta a la cocina con una magnífica bofetá de padre (recreación histórica). 

Cuando volvió a Algorta, el pequeño grumete ya había decidido que lo suyo era el mar, pero no de aquellas maneras: se puso a estudiar en serio, matriculándose en la Escuela de Náutica. Para cuando estalló la Primera Guerra Mundial, el bisa Jesús estaba ya hecho todo un piloto de pro, y se dedicaba a cubrir aquella célebre ruta marítima entre Inglaterra y el País Vasco que tantos beneficios reportaba. Dinerito sajón, contante y sonante. Pero los alemanes tenían otros planes: con el fin de aislar económicamente a la Pérfida Albión y entorpecer los suministros de los enfants de la patrie, plagaron el Golfo de Bizkaia de minas acuáticas. Y, naturalmente fueron vascos, astures y cántabros (neutrales y con sus propios problemas en casa) los que se comieron casi todas.

Pues así iba tranquilamente mi tío-bisabuelo, primer oficial en el buque “Bayo”, llevando carbón a los ingleses para que pudieran reventar con mas desahogo a la Triple Alianza, cuando un mina alemana hizo saltar en pedazos al mercante vascongado. Murieron todos los tripulantes. Bueno, todos no: una figurita se quedó flotando en el agua, con la espalda y parte de la cara destrozadas por la metralla. Era Jesús.

Hay cosas que, por muchas vueltas que le dé una, no puedes explicarte: cómo se puede sobrevivir a una explosión capaz de convertir un monstruo de acero en chatarra voladora. Cómo se puede aguantar dos días flotando en el mar, con semejantes heridas, sin que la sangre atraiga compañías indeseadas en busca de un fácil tentempié. Finalmente la marea, en su clemencia, comenzó a arrastrar el cuerpo del tío- bisabuelo hasta la costa de La Rochelle, en Francia. Extraños designios del mar.

Mientras tanto la noticia había llegado a Algorta: el bombardero alemán “Heine” había reventado al mercante “Bayo”. Solo había un superviviente alojado en el hospital de Rochelle. El superviviente, decían los periódicos, era un joven de Santander. Le dieron el pésame a mi tatarabuela... pero la buena señora, con esa intuición y cabezonería que tienen las madres, no los aceptó. “Manu”- le dijo a su hijo mayor- “Vete seme a Fransia, porque si hay uno vivo, tiene que ser Jesús”. Y efectivamente, allí se abrazaron los dos hermanos: uno entero, el otro un amasijo de vendas. Para haberlo grabado. También me habría gustado grabar otra escena: la de una vecina de Algorta gritándole a mi tatarabuela: “¡Antonia, ahí te viene el hijo!”, “¿Sólo uno?”, “¡No, los dos!”.

Esta historia conmocionó a la población algorteña y en poco tiempo los niños en sus juegos infantiles cantaban saltando a la comba unos versos que Dios sabe quién compuso:

Estos marinos que aquí cantamos
todos de luto nos encontrarnos
porque una mina en alta mar
al Vapor Bayo hizo estallar.

De veintiséis tripulantes
que el Vapor Bayo llevaba
veinticinco perecieron
por una mina malvada.

Tan solo un tripulante
del barco que naufragó
luchando contra las olas
su salvación encontró

El tío-bisa Jesús debía de ser de la pata del diablo porque en cuanto curaron las heridas, ya estaba deseando volver a echarse a la mar. “Dos hijos tengo, dos”, pensaba la tatarabuela. “Y los dos me han tenido que salir marinos”. Eso no se lo deseo yo a ninguna madre. Después de semejante experiencia, la buena señora quería atar a su hijo a la pata de la cama. Y para no asustarla más de lo que ya estaba, Jesús le dijo a su madre una verdad a medias: que se iba “a tomar las aguas”. La tatarabuela se quedó contenta, pensando que iría a pasar una temporada al balneario de Cestona. Craso error: Jesús se embarcó como primer oficial en el “Mercedes”, rumbo a Inglaterra.

Esto que voy a contar a continuación ya empieza a sonar a novela de aventuras, pero juro por mis muertos que es verdad: al salir del Golfo de Bizkaia, su barco fue torpedeado por un submarino alemán. Así, de gratis. Mi tío-bisa estaba en el puente, esperando a que el camarero le subiera el café, y lo vio venir. Y digo que lo vio, porque durante parte de las Guerras Mundiales, los submarinos alemanes contaban con tubos-lanzatorpedos que, antes de ser perfeccionados, dejaban una estela de burbujas que delataba su posición. Total, que Jesús vio las burbujitas, algo hizo “click” en su cabeza, y saltó por la borda sin pensárselo dos veces. Pocos segundos después, el “Mercedes” estallaba en mil pedazos. Murieron todos. Todos, menos dos: mi bisabuelo y el camarero que le traía el café.

Mal rollito
Siempre que trato de imaginar la escena, me viene a la cabeza la historia de un soldado alemán llamado Erich María Remarque quien, para exorcizar sus demonios, escribió un célebre libro titulado "Sin novedad en el frente". Cuando empiezan a estallar los obuses- decía Erich- una parte de nuestro ser retrocede miles de años. Es el instinto el que despierta en nosotros, el que nos guía y nos protege. No es consciente, es mucho más rápido, más seguro, más infalible que la consciencia. Si tuvieras que fiarte de ti mismo, ya serías un montón de carne destrozada. Creo que algo así le pasó al bisabuelo Jesús. No era soldado, pero sí marino, y debió de sentir el siniestro palpitar del puto torpedo debajo de las aguas. Estamos hablando de cuestión de segundos. Ver una estela y saltar, gracias a Dios.

No sé si la tatarabuela llegó a enterarse de esto. Creo que no. Cuando volvió a Algorta le dijo: “Pronto has vuelto, seme”, y él le contestó “Todas las aguas he tomao de un golpe, ama”.

La vida del tío-bisabuelo Jesús tomó desde aquel suceso un ritmo más sosegado. Siguió navegando. Se casó. Se instaló en un baserri de Gorliz llamado “Ormaza” y plantó un buen huerto. Trabajó duro transportando troncos en la Guinea Española con su hermano Manuel. Cruzó por entre las rocas de Ushant en honor a un capitán inglés. Dio clases de Náutica a los chavales jóvenes, sin cobrar ni un duro. Fue conservador honorario del recién nacido Museo del Pescador en Bermeo (un buen porcentaje de lo que aparece en sus vitrinas fue sacado por él de los fondos vizcaínos). Y finalmente, antes de que los años y el Alzheimer se lo llevaran, todavía le dio tiempo de escribir unos versos para su tumba, unos versos de los que ya nadie se acuerda bien, ni siquiera mi abuelo, pero decían algo parecido a esto:
Aquí dentro de esta fosa
yace un viejo capitán
en ella entró sin afán
y de arribada forzosa...

Y hasta aquí llega la memoria, porque el epitafio nunca llegó a tallarse (NOTA 3). Según mi abuelo, también decía “algo de las olas”, lo cual no es muy aclaratorio. Y es que cómo dice el viejo… “muchas mujeres había en esa casa de Ormaza, muchas. ¿Tú crees que le hicieron caso al pobre desgraciado? Que vaaaaa, buenas son… al final no sé lo que pusieron en la tumba, pero la señora dijo que lo de las olas, ni hablar “. Y remató la frase con su eterna coletilla:

“Mujeeeres…”


POSDATA: He estado dudando mucho, mucho, sobre si escribir esta posdata o no. Es una última anécdota de Jesús Azkune Markaida... una última anécdota tan presuntuosa que he decidido simplemente no creérmela. Pero es un dato, y como tal lo constato: dicen que Pío Baroja, aquel grandísimo vasco enamorado del mar, quería escribir un libro sobre mi tio-bisabuelo. Ale, ya está dicho. 

"¿Jesús Azkune? No sé de quién me estás hablando..."

NOTA1:  El bisabuelo Manuel, hermano mayor de Jesús, ya es otro cantar: uniforme blanco, bigotes al uso y una expresión melancólica que me recuerda un poquito a la del zar Alejandro en el exilio. El bisa fue teniente de navío y oficial de derrota en la Armada Republicana: es decir, el encargado de determinar la ruta o “derrota” de un barco. Un puesto importante de cojones, y está mal que yo lo diga. Su especialidad eran los cruceros y los destructores. Según mi abuelo, el bisabuelo Manuel era muy rojo, muy marxista y muy republicano, pero que cuando se fue a vivir a Rusia (creo que entonces aún se llamaba Madrecita Rusia) cito textualmente, “se le pasó la cosa”. Y ahí no he querido preguntar más porque la abuela, que es de la pata de Zumalacárregui, suele fruncir el ceño y refunfuñar cuando se saca el tema. El bisabuelo Manuel tiene su propia crónica particular. Pero como diría Ende… eso es otra historia, que deberá ser contada en otra ocasión.

El bisabuelo Manuel, con gorra de capitán y bigotes dalinianos,
posando junto con la patibularia tripulación de la fragata  Cisneros.
El moquete sentado a sus pies es mi abuelo


NOTA 2:  Ahora que lo pienso, yo también he vivido en esa arena de Arrigúnaga un buen cacho de mi vida: los karramarros que cogíamos cuando la bajamar dejaba al aire las rocas de escoria. Las heridas en los pies y el amoniaco para quitar el chapapote, que entonces se llamaba galipó. Los sustos cuando subía la marea y nos pillaba volviendo de Kantarepe, y había que saltar de roca en roca mientras las olas rompían cada vez más cerca. El saquito donde guardábamos trozos de vidrio pulidos por el mar, que a nosotros nos parecían piedras preciosas. Las algas sucias y los pompones rojos que no había manera de quitarse del pelo. El cielo naranja, las aguas verdosas y el escalofriante bocinazo que daban los buques cuando doblaban la Punta Galea. Esa especie de mugido de ballena triste me ponía, y me pone, los pelos de punta. También es la playa donde se formó nuestrA primera cuadrilla, donde fumamos nuestros primeros cigarros, donde bebimos nuestros primeros kalimotxos y donde nos dimos nuestros primeros besitos. Pues en esa misma playa, como digo, empezó su andadura (o mejor dicho, singladura)  mi tío-bisabuelo Jesús. 


NOTA 3:  Mi tío Luis, un abogado con alma de archivero, ha encontrado por fin el famoso epitafio que nunca llegó a tallarse. Y dice así:
Aqui dentro de esta fosa
yace un viejo capitán
en la que entró sin afán
y de arribada forzosa

De aquí trazará otro rumbo
si es que el dejan trazar
para poder navegar
por el mar del Otro Mundo

Para alcanzar la otra orilla
le hace falta de un orante
A tí, pío visitante
te pido un Ave María
Y como bien dice "Luisito"... las mujeres tenían razón por no querer tallarlo, porque el marmolista les habría salido por una pasta. Y la lápida habría llegado hasta los 2 metros de altura, añado yo...¡vaya con el marinero romancero!
 

FE DE ERRATAS: Vaya por Dios, si es que tenía que pasar: una nieta despistada y un abuelo algo trompeta con tendencia a contestar por peteneras... lo natural es que se me colase algun fallo. Pero bueno, rectificar es de sabios: resulta que el teniente de navío y oficial de derrota en la Armada Republicana no era el bisabuelo Manuel, sino el tío abuelo Manolo, hermano de mi yayo.  En la foto aparece posando como oficial de derrota en ese pedazo de bicho que fue el destructor "Jose Luis Díaz" (http://es.wikipedia.org/wiki/Destructor_Jos%C3%A9_Luis_D%C3%ADez_%28JD%29). En fin, lo que yo decía: en esta familia pegas una patada al tronco del árbol genealógico, y te empiezan a caer marinos como si fueran bellotas maduras.